Susy Delgado

(San Lorenzo, 1949)

Poeta bilingüe (español-guaraní), narradora y periodista. Licenciada en Medios de Comunicación por la Universidad Nacional de Asunción con un posgrado en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, Susy Delgado se dedica al periodismo desde hace varios años y es columnista regular del diario La Nación, donde publica reportajes, reseñas y notas culturales diversas. En 1984 obtuvo "Mención de Honor" en el Concurso de Poesía organizado por Amigos del Arte y en 1985 su obra fue seleccionada como finalista para el Primer Encuentro Hispanoamericano de Jóvenes Creadores realizado ese año en Madrid. Su producción poética en español incluye: Algún extraviado temblor (1986), El patio de los duendes (1991; Premio Radio Curupayty 1991 y Premio Junta Municipal 1992, compartido éste con Jorge Montesino), Sobre el beso del viento (1995), La rebelión de papel (1998) y Las últimas hogueras (2003). En guaraní es autora de: Tesarái mboyvé (1987; título en español: Antes del olvido; traducción de Carlos Villagra Marsal y Jacobo A. Rauskin), Tataypýpe (1992; título en español: Junto al fuego; traducción de la autora) y Ayvu Membyre (1999; título en español: Hijo de aquel verbo). Algunas de sus obras han sido traducidas al inglés y al portugués. Tiene además poemas incluidos en antologías, revistas y suplementos literarios nacionales y extranjeros. En 2001 aparece Antología primeriza y en 2002 La sangre florecida, su primera novela.

TESARÁI OLVIDO

Tesarái, Olvido,

tesarái, olvido.

moóiko oime Dónde está

che mitãrõ guare. mi niñez.

Tesarái, Olvido,

moóiko che reraha, adónde me llevas,

moóiko opyta dónde quedó

che róga tuja, la vieja casa,

che ru ñe’engue, donde la voz de mis padres;

moóiko opa dónde acabó

chemba’e vaekue. lo mío.

Tesarái, Olvido,

moóiko che reraha, adónde me llevas,

moóiko aháne dónde he de ir,

chave tesaráipe también el olvido,

opa. a terminar.

MITAKUÑA...

Mitakuña nde eréheva péa,

he’ívami hese itúa.

Eheka vaerãko nde recostaderorã,

he’ívami chupe isy.

Mba’e recostadéro piko Mamita,

nderehénte ojekóva kuimba’e ko’ápegua,

he’i ha’e.

MUCHACHA…

Muchacha rebelde en verdad,

–así lo aseguraba su padre–.

Debes buscar alguien en quien apoyarte,

–le decía su madre–.

Qué clase de apoyo, mamita,

si sólo en una se apoyan los hombres de por aquí,

ella contestaba.

(De: Tesarái mboyve / Antes del olvido, 1987; trad. al castellano de Carlos Villagra Marsal, J. A. Rauskin y la autora)

YO VOLVERE

Yo volveré

a buscar otra vez

tu fuego,

Cuba.

Repetiré aquel mágico febrero

que me llevó a tus playas,

paloma adolescente llegada desde el sur,

desorientada,

encandilada sin piedad,

para siempre,

rendida, seducida.

Y acamparé bajo tu sol

el tiempo necesario

para beber

toda tu música

de azúcar y latido.

Caminaré

otra vez tus calles

de antigua poesía,

de pobreza,

resuelta puro grito de vida

en los balcones,

estallando en la risa de los niños,

bailando, toda ojos y músculos morenos,

desnuda flor

venciendo a las termitas,

al hambre y al silencio.

Yo buscaré

la casa de Lezama

para empaparme del olor

de sus fantasmas,

y el bar donde bebía

su fiebre impenitente, Hemingway.

El pueblo en que vivía

la cubana más dulce,

Dulce María tibia

aun desde muy lejos.

Y buscaré el color

exuberante de Guillén en los mercados.

Me internaré una tarde

en su más vieja librería

y compraré todos sus libros

para leerlos frente al mar,

mientras la vida pasa

un trecho generoso, a mi costado,

con el saber de una sal nueva.

Yo volveré

a buscar

tu antiguo fuego

y tu sal nueva,

Cuba.

(De: Antología Primeriza, 2001)

Rodrigo Díaz-Pérez

(Asunción, 1924)

Poeta, narrador y docente universitario. Aunque egresado de la Facultad de Medicina y titulado por la Universidad Nacional de Asunción, ha trabajado en su campo y se ha distinguido profesionalmente en los Estados Unidos, donde residió desde 1957 hasta mediados de los años 90, cuando regresó a su ciudad natal. Médico de profesión, Díaz-Pérez es también un ejemplo sorprendente de vocación literaria gestada lejos de la patria. En efecto, su creación artística se encuadra totalmente dentro de la literatura paraguaya del exilio, corpus literario que ha dado al país títulos significativos y que le ha ganado reconocimiento internacional. Varias de sus obras han sido traducidas al inglés, francés y alemán, y algunas integran antologías literarias de gran circulación e importancia. De su abundante producción creativa sobresalen, en poesía: El minuto de cristal (1969), Los poros del viento (1970), Astillas de sol (1971), Playa del sur (1974) y Cronologías (1983). Su obra narrativa incluye seis colecciones de cuentos: Entrevista (1978), Ruidos y leyendas (1981), Ingavi y otros cuentos (1985), Incunables (1987), Hace tiempo... mañana (1989) y Los días amazónicos (1995). Es co-autor, además, con otros colegas paraguayos, de Apuntes de raíces griegas y latinas (1950), obra que fue texto oficial durante diez años en colegios secundarios de Asunción.

LA SEQUIA

No se movía ni una hoja. Los árboles del patio subsistían suspendidos en el silencio brillante del verano untuoso y cruel. Los pájaros con los picos entreabiertos oteaban la tierra escudriñando ilusoriamente algún vestigio de humedad. La capa del suelo rojo exponía grietas enormes que parecían agrandarse más cada día y dibujaba en forma caprichosa un raro mapa de una geografía exótica y polvosa. ¡Esta sequía que acompaña esta guerra, tan interminable como la guerra misma!

La vieja se tambaleaba a causa de sus múltiples achaques y por el peso de sus años incontables. Con un gran esfuerzo y hasta con dolor, se arrastraba con una palangana desportillada llena de agua para regar las pocas plantas que aún no habían perecido. El batallar del riego parecía cansarla cada vez más y más. Pero le gustaba observar algún vestigio de verde en la casa.

La trajeron de muy pequeña, hacia fines de la guerra grande, de la lejana Villa de Curuguaty, que antes había servido de refugio a Artigas, pero durante la guerra sucumbió al igual que muchas otras poblaciones del interior del país por donde asolaron los rapai.

Con la ayuda de Colá, su nieto, logró levantar un rancho en Villa Aurelia y entre los dos hicieron una huerta donde sembraron tomates, repollos y lechugas. Después, quedó sola y siguió cuidando su huerta, cada vez más pequeña, al alcance de sus fuerzas.

Esa noche no pudo dormir por el calor. Las paredes del rancho rezumaban un agua de color marrón. Miró el nicho de barro pintado de azul, y por un rato se quedó en profundo trance. Oraba con unción. Desde el techo de paja caían gotas. Era el barro mezclado con escarcha. Un desmoronamiento gradual que no le preocupaba. En última instancia un poco de rocío era siempre una ayuda para sus plantas. Se levantó temprano para ver sus repollos y los otros almácigos. Las hojas estaban alicaídas y habían soportado hasta el día anterior los fogonazos constantes e implacables del sol. La vieja sabía que los repollos estaban muy débiles, menudos, y de ahí a que arrepollasen sólo Dios podría decir.

Miraba la huerta impasible. Los surcos profundos de su cara morena, los cabellos grises y lisos, su cuerpo pequeño y arrugado vigilaban la existencia del rancho. Mejor, daban savia en cierta forma a su kulata-jobai, su rancho rodeado de laureles, timbós y lapachos.

Llegaba hasta el pozo lentamente con la marcha imprecisa de sus pasos pequeños, y descargaba los baldes de agua en la sufrida palangana. La tarea casi ritual de rociar apenas con algunas gotas de agua fresca las plantas de su huerta, le producía gran placer. Se podía adivinar en su rostro algo así como una sonrisa o un gesto apacible.

Una tarde de calor enervante fue al pozo. Lanzó el balde y al levantarlo escuchó un crujido diferente al de la roldana. Notó que el peso que iba tirando era muy superior al de otras veces.

Con desfalleciente dificultad logró desaguar el balde y arrojó el contenido en la palangana, que en vez de agua, era un lodo gris, denso y mucilaginoso; la vieja no quiso creer. Miró el pozo desde el brocal y no vio el brillo familiar del cielo o el reflejo del sol. Frente a sus ojos un ciego túnel le robó sus es-peranzas. Miró arriba. Una bóveda azul, clara e impasible. El sol estaba entrando y el arrebolado vespertino con todos sus matices del naranja al rojo, iluminaba el patio... "Si estuviera mi nieto ¡cuánto hubiese hecho!". Volvió despacio al huerto y miró sus verduras con tristeza. "Alguna vez va a llover, no es posible que esta sequía dure toda la vida...".

Pensaba o rezaba. Era difícil saberlo. Pareciera que hablase a sus almácigos sedientos. "Mi nieto querido, no llueve, el patio se pone más triste cada día, se va secando todo...".

Serían las cuatro de la tarde cuando varios uniformados de cara entre hosca e indiferente golpearon al portón. La vieja tardó mucho rato en llegar hasta ellos. Vino arrastrándose y tratando de ver con su ceño arrugado lo que sucedía en la calle. Al principio vio bultos indefinidos y no pudo distinguir muy bien las formas. Después comprendió que era un grupo de personas que hablaban. Uno de ellos en forma brusca gritó:

–Aquí vive un emboscado y tenemos orden de llevarlo.

La vieja no entendió de qué hablaban ni qué significaba la imprevista aparición de tanta gente. Calladamente levantó el alambre enrollado que trancaba el portón.

–Pasen –dijo–, como si comprendiera que era una obligación ceder ante la autoridad.

Varios soldados y un policía local empujaron el portón que se abrió con dificultad. Los palos de abajo arañaban la tierra. Tuvieron que alzar el portón para que cediese y después levantarlo de nuevo para cerrarlo. Una vez adentro del patio, el que actuaba de jefe del grupo se dirigió a la anciana y le dijo:

–Vamos a revisar toda la casa. Por la comisaría local sabemos que usted guarda a un emboscado.

La vieja no dijo nada. Miraba a los soldados que estaban uniformados de verde oliva, al policía y al jefe, con cierto dejo de perplejidad. Y no perdió la calma en lo más mínimo.

–Pasen che karaí kuéra, –les dijo– y miren todo lo que quieran.

Hablaba con cierta tristeza y muy quedamente.

Los soldados entraron en el rancho, fueron al patio, examinaron la huerta, registraron los alambrados, el laurel centenario con sus ramas exuberantes y florecidas, el tatakuá medio arruinado y con restos de ceniza remota. Entraron después en las piezas y precipitadamente husmearon los cajones, los armarios desvencijados, los colchones, las basuras, en fin todo lo que existía en el rancho. Uno de los soldados salió trayendo un pantalón gris y un saco roto en el lomo.

–Y esto, ¿a quién pertenece? –inquirió en forma triunfal, como queriendo decir que por fin había hallado algo comprometedor.

El policía agregó:

–Yo sabía que había más gente en esta casa. No trate de embromarnos. Cuéntenos de una vez por todas a qué hora vuelve el que buscamos y lo esperaremos aquí.

La vieja no contestó enseguida. Pensó un largo rato. Como si se esforzara por hallar una respuesta adecuada. No le salían las palabras con facilidad. Cerraba los ojos y movía la cabeza.

–Conteste de una vez y no nos haga perder el tiempo –dijo un soldado.

La vieja seguía como dudando sin responder. Finalmente mirando al policía pudo balbucear confusamente algunas palabras:

–Colá suele venir por las noches, especialmente cuando hay amenazo. No siempre es posible que venga. Depende de muchas cosas. –Y calló.

El policía habló con los soldados. El jefe, articulando claramente las palabras, se dirigió a la vieja:

–Tráiganos unas sillas y tereré pues vamos a esperar a Colá. Seguro que él viene cada noche. Y usted no nos quiere contar la verdad. En todo el país hay gente que se esconde, hasta en los aljibes. Tenemos orden de llevar a todos los que se hallen en edad militar. ¿No sabe usted que estamos en guerra con Bolivia?

La vieja no contestó. Después de un rato, se escuchó el clás clás de su zapatilla de tela cuadriculada llena de remiendos. Volvió empujando una silla. Uno de los soldados la ayudó y trajo otra.

–Es todo lo que tengo. No me las rompan por favor.

Retornó a su pieza y trajo yerba, una guampa y una bombilla:

–En el cántaro hay agua.

Un soldado trajo el cántaro de la cocina. Se pasaban la guampa por turno, casi sin hablarse entre ellos.

–A veces vale la pena esperar –dijo el policía–, pues ya van siendo escasos los que logran esconderse. Ultimamente en la campaña reclutamos varios miles y la guerra no lleva trazas de terminar.

El jefe, que sin duda tenía prisa, se levantó y volvió a di-rigirse a la vieja:

–Mire abuela, ¿por qué no nos cuenta de una vez dónde está Colá? Si usted nos ayuda, todos saldremos ganando.

La vieja al parecer no comprendió lo que acababa de oír y contestó como hablando consigo misma:

–Y sigue sin llover. ¡Qué difícil la vida! ¡Antes me ayudaba Colá pero ahora estoy tan sola!

El policía que estaba atento a lo que decía la vieja le contestó con brusquedad:

–Todas las noches la escuchan a usted hablar con alguien. Tenemos informes, así que no trate ahora de esconder la verdad... ¿Entiende?

Pasó un largo rato de quietud. El tereré corría y se notaba impaciencia en el policía y en el jefe.

Súbitamente la vieja miró el cielo y se puso eufórica: a lo lejos se escuchaban truenos y se veían relámpagos. Iba a llover y bien pronto.

–¡Va a venir Colá! –gritó–. Siempre que llueve viene a verme. ¡Qué alegría, me hallo tanto!, –exclamó mirando a los soldados, al jefe y al policía.

Al cabo de un rato un aguacero violento arremetió con furia y tuvieron que entrar al rancho, hacinados, pues no había espacio para todos. El techo de paja tenía enormes goteras y en ciertas partes de la pieza en que dormía la anciana era como estar dentro de una jaula de alambres. El jefe miró la pared de barro del rancho y leyó algo que estaba enmarcado. Parecía un recorte a primera vista. Le tocó el hombro al policía. Y éste, a medida que leía, se iba quedando serio. Los colores de su cara fueron reemplazados por un amarillo verdoso. No era un recorte sino una comunicación del alto comando del ejército. La firma era ilegible pero el texto estaba claro. Los demás soldados por orden del jefe fueron leyendo lo mismo. El chubasco iba disminuyendo gradualmente y al poco tiempo el sol volvió a brillar. De a uno, fueron saliendo todos del rancho. El jefe se acercó a la vieja y con raro acento le tendió un billete de cien pesos y le dijo:

–Perdone abuela.

Al salir cerraron el portón y escucharon a la vieja que gritaba llena de júbilo:

–¡Colá, mi querido nieto, por fin viniste! ¡Tanta falta hacías en medio de la sequía!

En el patio las plantas de tomate habían ganado algún color. La tierra olía a yerbas, a vientos y a flor de laurel...

(1986)

(De: Incunables, 1987)

Ramiro Domínguez

(Villarrica, 1930)

Poeta, ensayista y dramaturgo. Doctorado en Derecho por la Universidad Nacional de Asunción y actual profesor de teoría literaria en la Universidad Católica, Ramiro Domínguez pertenece a la llamada "promoción del 50" e integró la conocida Academia Universitaria del Paraguay. De inspiración bíblica son sus poemarios Salmos a deshora (1963) y Ditirambos para flauta y coro (1964). Su obra poética incluye, además, Zumos (1962), Las cuatro fases del Luisón (1966), Los "casos" de Perú Rimá (1969), Mboi yaguá (1973), poemario en guaraní, Itinerario poético (1984) y Deslumbres (1994). También es autor de dos obras teatrales en verso: Cantata heroica a Pedro Juan Cavallero y Fantasía coral (1976).

FANTASIA CORAL

Para un guiñol de Federico

Homenaje de Amigos del Arte

a Federico García Lorca

"veinticuatro bofetadas,

veinticinco bofetadas,

después mi madre, a la noche,

me pondrá en papel de plata".

PROLOGO

LOLA: Favor, que calle la gente,

Porque Federico se muere.

AMARGO: Pronto, a los puertos de Cabra

CORO: Cayó como un almuecín,

de bruces sobre su muerte.

Nana

Niño, baja del aire

sobre mi pañuelo verde.

Mira que por las cornisas

camina un duende.

Mi niño se me ha dormido

de repente.

(Antonio Torres Heredia y el Tte. Cnel. de la Guardia Civil, sajándose el alma, al verle.)

Telegramas

Por las antenas-bigotes

de Salvador Dalí,

avisar a los gitanos

qué pasa aquí.

–Que despachen a los puertos

sobre el Guadalquivir,

cien jinetes en cien jacas

con un lazo carmesí.

–Que despierten a Walt Whitman

desde Nueva York,

porque aquí han dejado muerto

a su hermano menor.

Requiem

Todos los caminos del alba,

–rogad por él.

Las adelfas y jazmines

–rogad por él.

Torres de Sevilla,

campanarios de Córdoba,

–doblad por él.

Ignacio Sánchez Mejías,

desde tu plaza en la luna

–ruega por él.

(Pongámonos de rodillas.)

–Amén.

Nana

Nana para el ángel sin alas,

nana ciega,

–Madre,

tráiganme una candela.

AMARGO: No lo quisieron cantando

–grillo de luz en el huerto.

Ahora su voz atruena

desde los cielos.

LOLA: Apagaron esos ojos

de mirar adentro.

Pero nos sigue mirando

desde el lucero.

CORO: ¡Era demasiado joven

para morir!...

–¡Era demasiado viejo

para vivir!...

UNA VOZ: ¡Basta! –¡Que llamen a la Guardia Civil!

Doble

¡Por qué ladran los perros,

por qué esas voces!

–Han envenenado la fuente

de mil colores.

–"Ay, Federico García,

digno de una Emperatriz,

acuérdate de la Virgen

porque te vas a morir".

–Señores, no está bien

orinar aquí,

donde el nardo de España

acaba de sucumbir.

Soledad

Año y año, hemos venido

rezando sobre tu calavera,

y aún nos cuesta pensar

que estés ausente de veras.

–Porque tú sigues, viajero

de Córdoba a Granada.

O trepado en Sevilla a su Giralda,

o quien sabe en qué coso

de Jaén o de Málaga,

clavando banderillas de fuego

al lomo de tu bifronte España.

–¡Calla!

–¡Calla! –El alma

de Federico aún palpita en esas sábanas...

De profundis

Los que estamos aquí, para asediarlo

con ojos amoratados de fiebre,

acurrucado en su sueño sin espalda

–apenas dormido solamente–,

hemos venido de los cuatro vientos

a congregarnos ante su alma ausente.

Despertando a los gallos de la aurora,

enarbolando el grito

más estentóreo y solemne

para decir que el canto no se muere

de un pistoletazo. –Que tu canto

Federico, tiene la extraña juventud

de la piedra y el árbol.

Porque te han derrumbado

–nuevo y eterno Baco–

para que germinaran las semillas

de tu canto. –Y vosotros,

astrosos peregrinos de la ancha Betis,

por un momento interrumpid la danza

y calle el lírico instrumento:

Un Señor –de más copete

que los de Benamejí–,

la sangre más clara y noble,

se nos ha derramado aquí.

CORO: Ha doblado su voz como un pañuelo

para metérsenos en el bolsillo.

–Ya no lo alcanzo a ver, aunque parece

desdoblarse en el rostro de los niños.

UNA VOZ: ¡Basta!

–Que descanses,

Federico

(1976)

(De: Teatro Breve del Paraguay, ed. Antonio Pecci, 1981)

Modesto Escobar Aquino

(Villarrica, 1940)

Poeta bilingüe (español-guaraní). Doctor en Odontología y docente en la Facultad de Ciencias y Letras de la Universidad Católica de su ciudad natal, Modesto Escobar Aquino ha publicado varios poemarios. En español, es autor de Siete en punto (1972), Don Juan Pitogüé (1977), Entonces, más allá del viento (1984), Savia caminante (1989) y Porque tenga nombre lo querido (1993), obra que ha recibido mención de honor en el Concurso de Poesía 1992 del Instituto Cultural Paraguayo-Alemán. En guaraní ha escrito ¡Ha!... Mborayhu, yvy puruã (1989) y Ñe’ã ñe’ê yvoty ha ñomongeta kito Kolóndive (1993). De más reciente aparición es Hi’ãiténtepa (1999), colección de 20 poemas en guaraní, en formato de casette-texto o CD-texto.

SÃ BLA

1989

Oho pyhare puku, puku,

ha ojajái ára rendy sakã.

Máva piko toimo’ã,

iñambue niko ko ko’êmba.

Ku isãso soro

ha maymáva tetãygua

oñe’ê rory ha opurahéi

omomorãvo ko ko’êmba.

Iporãma, he’i Ñandejára.

Apevénte, he’i Paraguái.

Topa teko vai, teko joja’ŷ,

tou katu ko’êmba.

Ipotĩma ñande rape,

topu’ãke ñane retã.

Aniangáke itatachinave

horyñehêva ko ko’êmba.

(De: Ñe’ã ñe’ê yvoty ha ñemongeta Kito Kolóndive, 1993)

SAN BLAS

1989

Se va la noche larga, larga,

y brilla la clara luz del día.

Quién lo habría pensado:

¡es diferente este amanecer!

De pronto somos libres

y todos en nuestro país

hablan alegres y cantan,

celebrando este amanecer.

Basta ya, dijo Nuestro Señor.

Hasta aquí nomás, dijo el Paraguay.

Que se acabe el sufrimiento, la opresión,

que venga, pues, el amanecer.

Ya está limpio nuestro camino,

que se levante nuestro país.

Que no se enturbie más

este amanecer colmado de alegría.

(Traducción libre de Wolf Lustig)

HI’ÃITÉNTEPA

Hi’ãiténtepa,

aiko aikoháre ha aiko aikovérõ,

ha’a mba’e vokóinte

vy’a pavê saraki ñuhãme

ha kambuchi renyhêicha

tojeka che juru

ha toñehêrykuavo che ñe’ê

yvytu kurusu pepóre.

Tove toho oho hápe.

Tove toho rei,

nandi,

nandi vera,

sã’ŷjapajeréi

sãso panambi.

Tove toipyte

mainumbymícha

mamo hyakuã hápe

yvoty ra’ŷi ypykue.

Tove toheréi

kuarahy rendy.

Tove toy’u

jasymi pukavy.

Tove tomono’õ

Tupã mborayhu.

Hi’ãiténtepa!

Ha áĝante ojevývo

tou tomosarambi

teko joayhu guasu,

py’aguapy rusu,

angapyhy pavê.

Ha uperiremínte

topyta,

topytu’u,

toke,

topayve’ŷ jepe

ra’e.

(De: Ñe’ã ñe’ê yvoty ha ñemongeta Kito Kolóndive, 1993)

OJALA

Ojalá

vaya por donde vaya y en cuanto viva

y caiga tal vez muy pronto

en la trampa de una juguetona felicidad

y como un cántaro repleto

se raje mi boca,

divulgándose mi palabra

por la rosa del viento.

Que vaya adonde vaya

Que vaya sin rumbo

sin nada

sin nada de nada,

revuelco sin trabas,

mariposa libre.

Que chupe

como el picaflor

atraído por las fragancias

granos de flores primigenias.

Que lama

las llamas del sol.

Que beba

la sonrisa de la luna.

Que recoja

el amor de Dios.

¡Ojalá!

Y ahora que vuelve

que venga a propagar

la gran amistad

la verdadera serenidad,

la satisfacción definitiva.

Y después

que se quede,

que descanse,

que duerma,

aunque no despertara

nunca más.

(Traducción libre de Wolf Lustig) Lourdes Espínola

(Asunción, 1954)

Poeta y ensayista. Aunque odontóloga de profesión, desde muy joven se ha dedicado a la poesía. También colabora de manera regular en suplementos culturales y revistas literarias a nivel nacional e internacional. En 1973 apareció su primera obra: Visión del Arcángel en once puertas. A partir de esa fecha, Lourdes Espínola –también conocida como Lourdespínola– ha publicado varios otros poemarios que le han ganado dos premios literarios internacionales. De sus publicaciones, se destacan especialmente: Monocorde amarillo (1976), Almenas del silencio (1977), Ser mujer y otras desventuras (1985; ed. bilingüe: inglés-español), Tímpano y silencio (1986) y Partidas y regresos (1990), obra prologada por Augusto Roa Bastos. En 1995 dio a luz La estrategia del caracol (1995).

Y SER Y NO

In memoriam

Sor Juana Inés de la Cruz

Y ser y no.

Ser mujer,

con manuscritos de internas visiones

nombrando la experiencia.

Traduces lenguas de tragedia,

mujer abriéndose

como ostra

que lleva

su cárcel por dentro.

El resto: soledad,

verbo y polvo

masticando los años.

(De: Tímpano y silencio, 1986)

LOS POETAS

Tratamos de converger

una confusa zona:

de códigos iguales…

para buscar la alianza

de la eternidad y del instante.

Un mundo de formas superpuestas

a un universo de sonidos.

Papeles sumergidos en mágicas alquimias

para develar:

deseos, miedos, sueños…

Mientras las palabras de los ritos

llenan el espacio de conjuros,

para que se toquen y desnuden

las formas y el sonido.

MANUSCRITO EN GAVETA

a Jorge Luis Borges

Existe un libro en estado de gracia,

un manuscrito –dicen– de mi obra,

una ciudad contada, un adjetivo,

las claves, los códigos y el habla.

Unas páginas –dicen– unos versos,

un número infinito, una cifra,

la fatua sentencia que es la vida.

La obra es hermética, ilegible,

sus metáforas túneles al hueco de mi tiempo,

–sus títulos el juego de amurallar palabras–

su destino, se ignora, como el nuestro.

LO UNICO NECESARIO

a Augusto Roa Bastos

Estamos solos en un exilio interminable,

solos, como botella de un mar

sin nombre.

Sin amigos,

sin ecos,

sin sonidos.

Silencio, espejos,

sueños.

Mi tacto besa cada antiguo amante,

Vallejo, Pound, Borges.

Mientras despeino la cabellera al Dante

regresan

y ven que los espero

que les esperaba;

que estamos solos,

solos, como siempre.

(De: Partidas y regresos, 1990)

Eloy Fariña Núñez

(Humaitá, 1885 - Buenos Aires, 1929)

Poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y periodista. Prolífico escritor y uno de los poetas modernistas más renombrados del Paraguay, Fariña Núñez conoció a Leopoldo Lugones en Buenos Aires, donde residió durante algunos años a principios del siglo pasado, en pleno auge del modernismo. Aunque por su edad pertenece al post-novecentismo, sin embargo, también escribió –como los integrantes de la generación del 900– cuando todavía estaba muy vivo el recuerdo de la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). En su obra, y en particular en su famoso "Canto secular" (1911), uno de los poemas más largos de la literatura paraguaya, trató de afirmar los valores espirituales de una nación que renacía de la catástrofe, exaltando en sus versos los más elevados ideales y condenando los errores y horrores de las luchas inhumanas. Sus obras incluyen: una novela de la que sólo se conoce el título, Rodopia (1912); un libro de cuentos, Las vértebras de Pan (1914); un poemario, Cármenes (1922); una recopilación de mitos, Conceptos estéticos. Mitos guaraníes (1926); varias obras de teatro y numerosos ensayos inéditos. En 1982 la Editorial Alcándara dio a luz un volumen dedicado a su obra poética, titulado simplemente Obra poética. De aparición póstuma más reciente son sus Poesías completas y otros textos (edición a cargo de Francisco Pérez-Maricevich), libro publicado por Editorial El Lector en 1996.

ODA HEROICA

Voy a cantar a Silvio Pettirossi

Con la lira de Píndaro.

Era una bella y límpida mañana

De primavera. El ámbito purísimo

Del espacio brindábase sin término

Al vuelo de las águilas. Y Silvio

Contemplaba el espacio junto al ave

De acero, desde un prado florecido.

Miraba el éter puro, transparente,

El azulado y luminoso abismo,

Con la nostalgia con que mira el cielo

Por la ventana de su celda, el místico,

Sintiendo renacer en su alma heroica,

Ebria de azul, la sed de lo infinito.

El, Silvio Pettirossi, el hombre alado,

Estaba allí en la tierra como un grillo

Incapaz de volar sobre la hierba,

Y allá, en la altura, en el espacio límpido,

Los pájaros el vuelo remontaban

Con la armonía de celestes himnos.

El audaz nefelíbata quedóse

Durante unos segundos indeciso,

Con la mirada penetrante fija

En el vasto vacío,

Donde silbaba sordamente el viento,

Como el soplo de Dios sobre los siglos.

¡Oh reto de las fuerzas primordiales

Del Universo ciego y primitivo

A la acerada voluntad del hombre,

Cada vez más potente y más divino!

El piloto bajó la vista al suelo,

Vio a Clavileño junto a sí dormido,

Miró a su esposa, recordó la raza

A que pertenecía a justo título

Y, en nombre de la especie así afrentada,

Aceptó temerario el desafío.

¡Arriba! ¡Más arriba! ¡Siempre arriba!

Sencillamente, con grandeza, dijo,

Y el monoplano, dócil a su mando,

Latió febril con acerado ritmo,

Pronto a partir hacia el espacio inmenso

Como un corcel astral estremecido.

El motor de la máquina del héroe

Se puso a trepidar con roncos bríos,

Atronando la calma circunstante

Con su sordo rumor característico

Y las palas de la hélice giraron

Con la velocidad de un torbellino.

Azogado temblor corrió al instante

Por la articulación del mecanismo,

Elevado de pronto a la nobleza

De un dotado de alma y de albedrío,

Por la virtud angélica del vuelo

Y la humana inquietud de lo infinito.

El piloto montó sobre Pegaso

Y se elevó en el diáfano vacío.

Bebiendo viento y devorando espacio,

Ariel o cóndor, Euforion o Icaro,

Fue cerniéndose raudo en las alturas

Con la serenidad de un dios olímpico.

Lejos del suelo, cerca de los astros,

En la región del rayo y del volido,

Estaba en su elemento imponderable

El alígero Silvio.

Y hendía el aire, bajo el cielo puro,

Donde vuelan los cóndores andinos,

Con el triunfal valor de nuestra raza

En todos los titánicos designios,

Ya conquiste la gloria en el combate

O ya escale el espacio en un velívolo.

Con la pupila escrutadora errante

En los confines del azul abismo,

El águila caudal batió las alas

Entre dos pavorosos infinitos:

Arriba, el firmamento sin medida;

Abajo, el insondable precipicio.

Y el nauta vio que el cósmico misterio

Era al misterio humano parecido;

Escuchó la armonía de los astros,

Sintió rodar bajo sus pies los siglos,

Y, en un grácil remonte de la máquina,

En un épico y mudo desafío,

Ascendió como un pájaro fantástico

Para precipitarse de improviso

En vaivén ondulante de hoja muerta

O en circulares vuelos invertidos.

Bajaba del azul como una flecha

Arrojada vibrante desde Sirio,

Cuando de pronto, en la celeste atmósfera,

Por un mandato obscuro del destino,

Plegó el ave las alas bruscamente

Y se precipitó desde el vacío

En la triste morada de los hombres

Como un astro extinguido,

Partiendo el alma del piloto alado

Hacia nuevos espacios infinitos.

Voy a cantar, oh Musa, el fin del héroe

En el modo hipolidio.

No he de llorar la muerte del que vive

En el vasto recuerdo colectivo,

Ni he de rasgar mi túnica de púrpura

Sobre el sepulcro del recién caído.

Yo levanto la voz, remonto el vuelo

Y a las edades más remotas digo:

"Non omnis moriar", como canta el vate

En el monumental verso latino.

Y del etéreo paladín que supo

Grabar su nombre en el azul dominio,

Ha de quedar el vuelo gigantesco

En nuevas aves del solar nativo,

Ya perforen las nubes con sus alas

O ya encanten las almas con sus trinos,

Intrépidos señores del espacio

O armoniosos Arieles pensativos,

Todos seres alados, todos héroes,

De comunes orígenes divinos.

Alcese, en tanto, en un lugar excelso,

La altiva imagen del varón alígero,

En ademán de hurtar el fuego sacro,

Sobre un corcel alado y no rendido,

A fin de que la gente venidera

Diga, al mirarla, en apartados siglos:

"Voló como no vuelan ni las águilas.

¿Cuál es su nombre? El paraguayo Silvio".

(De: Obra poética, 1982)

Miguel Angel Fernández

(Asunción, 1938)

Poeta, crítico literario y de arte, ensayista y docente universitario. Editor y compilador de obras de Rafael Barrett, Hérib Campos Cervera, Julio Correa, José Concepción Ortiz, Josefina Plá y Augusto Roa Bastos, Miguel Angel Fernández es también co-editor (con Renée Ferrer) de la antología Poetisas del Paraguay (Voces de hoy) (1992) y autor de (la versión original en español de) Art in Latin America Today / Paraguay (Washington D.C., 1969). Su producción poética incluye tres plaquetas –Oscuros días (1960), A destiempo (1966) y El fuego (1970)– y un poemario: Litterae (1996). Con el sello de DIALOGO (nombre de la revista que publicó entre 1960 y 1964), ha editado más de veinte obras de autores paraguayos y extranjeros.

LOS CIRCULOS

A Roberto Juarroz

De pronto sé

que alguna cosa fuera del tiempo

palpita

no para mí

sino para que no se rompa

su propio círculo ciego

y para saber

que alguna cosa fuera de sí

palpita

no para él

sino para que no se rompa

su propio círculo vacío.

(1964)

(De: A destiempo, 1966)

HOMO FORTIS

Nunca la duda

penetrará su piel

(tan dura como el hierro

de sus garrotes,

tan sucia

como el agua pútrida

de sus "bombas

contra incendios"),

nunca vacilará

en escupir la orden

ejemplar,

el vómito de mando

contra la subversión

(el caos que amenaza

su "paz",

su digestión,

sus privilegios),

esa palabra inquietante

con que justifica

la punición

(o sea la tortura,

la cárcel,

el destierro,

la muerte)

del culpable

(soñador execrable

de extraños mundos prohibidos);

el hombre libre.

(1969)

(De: El fuego, 1970)

Oscar Ferreiro

(Pilar, 1921 - Asunción, 2004)

Poeta y ensayista. Aunque agrimensor de profesión, Ferreiro es uno de los representantes más importantes de la poesía vanguardista en el Paraguay. Destacado miembro de la llamada generación del 40 –su "estrella polar" (según Charles Richard Carlisle en Beyond the Rivers, su antología de la poesía paraguaya del siglo XX)–, esposo y yerno de dos conocidas escritoras (Ana Iris Chaves de Ferreiro y Concepción L. de Chaves, respectivamente), este poeta surrealista, traductor de algunos clásicos franceses (como Nerval y Rimbaud), ha incursionado también en el campo de la antropología llevado por sus intereses etnográficos en los pueblos aborígenes aún existentes en su país. Además de su copiosa producción poética de vanguardia, Oscar Ferreiro es autor de varios "compuestos" (nombre dado en Paraguay a algunos poemas narrativos transmitidos oralmente y relacionados con los romances españoles tradicionales), "lo más valioso de su lírica", según Hugo Rodríguez-Alcalá. Su producción poética incluye, entre otros títulos, Poemoides (1977), Antología (1982) y El Gallo de la Alquería y Otros Compuestos (1987). En 1992 apareció El gran poeta paraguayo Oscar Ferreiro, una pequeña edición antológica de su poesía hecha por Elva Noguera de Vera y Francisca Fernández Augusto.

MATERIA APASIONADA

En un aire de heliantos imposibles

me gritaron los últimos colores...

Y, así, ya de vencida,

con la materia locamente mía,

traspasado de mundos y de mundos,

con violetas y angustias, con mi amor a lo lejos,

con mis murientes fáculas,

tendido,

soñando el duelo de la hundida sangre,

con mordientes cenizas y agonales begonias

subí hasta el fondo el vértice profundo.

Y lloró mi anarquía sus insípidas rosas:

agrio fulgor de mis dolores sordos.

Mas, ay, sol de los muertos,

entre bocas deshechas y agotados cabellos,

ay, quiebra la derrota hacia mi nada,

¡este icástico esquema!

hacia el murmurio lactescente y denso,

hacia el centro del gris, antípoda absoluto,

remoto punto del sistema obscuro.

(Las antinomias arden a lo lejos

entre las breves manos del adiós.)

¿Cuándo empecé a morir?

Ah, sí, suicida amante,

entre altos rojos y abisales voces,

entre tallos de luz, yo, retorcido,

con mis áureos segmentos, mis livores,

con mil psíquicas manos, con mil halos sulfúricos,

y este preludio de mil ojos verdes

voy aflorando.

Lloro octubres y cielos, canto amargas atlántidas,

sobre zonas y polos cintilados de nunca,

sobre lluvias de amor.

Y ahondando cuencas y enarcando combas

con mis lágrimas rojas, mis blasfemias,

con tu quiéreme siempre, con mi siempre,

en el creciente océano del sexo

expandiéndome voy.

Sólo un flagrante anhelo, un tórrido tropismo

y este avatar de pétalos de fuego

en el orgasmo intenso de las cosas.

Diez mareas de sangre, diez uránicas glorias:

así es la muerte... y aquí es que te abrazo

insuflado de cobres y amatistas

y me suben tus olas y te invaden las mías

¡dulcísima unidad!

Saturnal e increíble, con mis últimas órbitas,

–loca leticia, sueño de los sueños–

sin soledad posible, sin silencio,

en actinal delirio de amarantos

muevo guerra sin fin...

(De: Sinforiano Buzó Gómez, ed., Indice de la Poesía Paraguaya, 3ª ed., 1959)

SIEMPRE LA MUERTE

No me dejes

Maligna

y atiza el fuego

y el dolor dormido

despelleja mis manos destruidas

despierta mi torpor

y auscultaremos la tormenta ciega

los deleites del caos

por gustarlos de nuevo

en los cauces sumidos

en las canchas abiertas

desflecando las cuerdas amarillas

bajo la parra undosa de la melancolía.

Sopla y danza

Taimada

sobre la carne ardiente

con crótalos

requiebros

y trompetas calientes!

Danza pálida virgen en los aros del viento

babeando en el vaho del chubasco

coronada de ortigas

sobre la carne rosa

insepulta y lasciva!

No me dejes

Maligna...

mientras me rondes

vivo!

(De: Rubén Bareiro Saguier y Carlos Villagra Marsal, Poésie Paraguayenne du XXe. Siècle [edición bilingüe], 1990)

LUNA ROJA

a Epifanio Méndez Fleitas

La luna salió escarlata

por las ventanas del mar.

Tu furia, cielo, desata,

desátate vendaval.

Llueve, llueve, que más llueve,

que dan ganas de llorar.

Negras aguas lleva el río,

lleva lágrimas al mar.

Un bosque de cuerdas rotas,

de cántaros un millar,

guitarras locas de llanto,

flautas locas de llorar.

Mano de luna, lunada,

delirios de guavirá,

en tu nieve lloran llamas,

blancas llamas de verdad.

Gira, gira, que más gira,

no te canses de girar

que en tu rueda, roja luna,

mi puñal quiero afilar.

Gira, gira, que más gira,

no te canses de girar,

de mis ojos corre el agua

que tu canto ha de mojar.

Y huyó la luna escarlata

por las cocinas del mar.

Tu furia, cielo, desata,

desátate vendaval.

Se quiebran las secas flores

en la amarga oscuridad,

se quiebran los duros labios

de la tierra de guarán.

Calmará la antigua tierra,

su antigua sed calmará,

de guarán la antigua tierra

que de sed muriendo va.

Caballero de la muerte,

mi caballero sin par,

está creciendo la noche

negra noche de vengar.

Caballero de la muerte,

mi caballero sin par,

los diez clavos de tu espuela

clava en tu potro de cal.

Y no había tregua en la noche,

negra noche de vengar,

no habrá tregua hasta la aurora,

blanca aurora de esperar.

Y, cuando irrumpa la aurora

por las ventanas del mar

con la plata de tu espuela

nuestra tierra cantará!

(De: Elva Noguera de Vera y Francisca Fernández Augusto, El gran poeta paraguayo Oscar Ferreiro, 1992)

SAN JUAN EN LA CHACARITA

a Kostia

El veinticuatro, por cierto,

que de Junio se decía,

San Juan del cielo bajaba

camino a la Chacarita.

No quiso fallar el santo

aquella noche a la cita

y se encajó una casulla

sobre la rota camisa.

Eufórico hace su entrada,

aunque le estaba prohibida,

la noche del veranillo

con su larga comitiva.

Reclinada en su bochorno

le espera la noche encinta,

sorda de cajas oscuras

y exaltadas mandolinas.

Vieja luna de los indios,

la que llevó su alegría,

pone brillo en la esperanza

y en las flechas escondidas.

Catedral, cárcel y claustro

sobre el barranco, allá arriba,

y los cerdos de la tierra

osando, abajo, letrinas.

Los pobres penan abajo,

los ricos cenan arriba.

Lo que en la tierra se pena

en el cielo se desquita.

Allí revientan los caños

con toda su porquería

que, cual regalo del cielo,

la torva ciudad le envía.

¡Pobre luna de los pobres!

Con sus burjacas vacías

sobre el carbón de los techos,

alta, en el cielo transpira.

Pero esta noche es de juego,

noche de ensueño, es distinta.

Un gran corral de fogatas

alegres niños atizan.

Fiesta del fuego y del agua

no quiere mostrarse ambigua

y toda entera se abrasa

en llamas de algarabía.

–Seguro que vendrá en coche.

–No, en su balandra amarilla.

–Ni en balandra ni en calesa.

Vendrá en su yegua madrina.

Y llega en su yegua blanca

San Juan, montado, a la cita

con una banda de músicos,

rabeleros y flautistas.

Trae el fuego en una mano

y en otra el agua bendita.

Joven y bello en su halo

es aclamado en la pista.

Desmontan al caballero

y le convidan con chicha.

Le rodean los mancebos

y las chinas le acarician.

Entre los largos cabellos

le platea la sonrisa.

Marinos y verdeolivos

disputan su cercanía:

unos le besan las plantas

otros las raras sortijas.

–San Juan está con nosotros,

¡gallarda marinería!

–No, señor, es con nosotros,

¡valiente caballería!

La negrada de San Roque

sobre las brasas camina.

Las galoperas cimbrean

y tiemblan las banderillas.

¡Que viva Señor San Juan,

el patrón de las farristas!

Entre blasfemias de sangre

y limetas de aguaviva,

en el fondo del tablado

gesticulan los arpistas.

Pañalones colorados,

escotes de popelina,

con pie desnudo en la arena

marcan cruces las raídas.

Cambá Villeta sin dientes,

entre alcohólica y esquiva,

quebrándose para atrás

suelta el trapo de la risa.

Sobre el filo del barranco,

sudorosas bailarinas

ya están llamando a la muerte

con sus caderas lascivas.

Pólvora y caña en el aire.

¡Ya se armó la tremolina!

Un sordo grito se ahoga.

La sangre en el suelo brilla.

Con una escoba de yuyos

la luna barre de prisa.

Ya malherido de muerte

un marinero en la esquina

a punto de desplomarse

se está atajando las tripas.

¡Chaque, niños, a correr,

que viene la policía!

Y de barranco a barranco,

desde una orilla a otra orilla,

el máuser tiene sus cabos

como una araña maligna.

Atropellan los marinos

y ataca la policía.

En torno de los caídos

la gente se arremolina.

Y cuando, a todo contrario,

la gresca tremenda hervía

un fosfórico aguacero

descarga sus aguas frías.

¡Por hoy, se acabó la fiesta!

¡Todo el mundo a su casita!

Por un zanjón, presuroso,

San Juan emprende la huída

no sin antes prometer

volver de nuevo en su día,

el veinticuatro –por cierto–

que de Junio se decía.

Se apagaron las fogatas,

se acalló la gritería.

Sólo el silencio, de bruces,

sobre empapadas cenizas.

Dos muertos por cada bando

fue el saldo de la embestida.

Cuatro muertos se escondieron

debajo de las cocinas.

Agua y plomo, plomo y agua,

congelada fantasía,

los laureles del poeta

se han hecho polvo y cenizas.

(De: Elva Noguera de Vera y Francisca Fernández Augusto, editoras, El gran poeta paraguayo Oscar Ferreiro, 1992)

Renée Ferrer

(Asunción, 1944)

Poeta, narradora, ensayista y dramaturga. Doctorada en Historia por la Universidad Nacional de Asunción, Renée Ferrer es una de las escritoras más prolíficas de su generación. Ha ganado varios premios nacionales e internacionales de gran prestigio. De sus obras publicadas, cabe destacar, en poesía: Hay surcos que no se llenan (1965), Voces sin réplica (1967), Desde el cañadón de la memoria (1984; Premio Amigos del Arte 1982), Peregrino de la eternidad (1985), Sobreviviente (1985; Premio Amigos del Arte 1984), Nocturnos (1987), Viaje a destiempo (1989; Premio El Lector), De lugares, momentos e implicancias varias (1990), El acantilado y el mar (1992), Itinerario del deseo (1994; edición bilingüe español-portugués, 1997), La voz que me fue dada [Poesía 1965-1995] (1996) –especie de antología poética personal de la autora que reúne poemas selectos de sus libros poéticos anteriores y agrega siete textos nuevos–, El resplandor y las sombras (1996), De la eternidad y otros delirios (1997), El ocaso del milenio (1999) y Poesía completa hasta el año 2000 (2000). En narrativa tiene La Seca y otros cuentos (1986; Premio La República), cuyo relato titular ("La seca") obtuvo el Primer Premio Pola de Lena en España (1985), Los nudos del silencio (1988; edición en portugués, 1997, y en francés, 2000), su primera novela, Por el ojo de la cerradura (1993; Premio "Los 12 del año"), otra colección de cuentos, Desde el encendido corazón del monte (1994), relatos ecológicos y obra ganadora del Primer Premio de la UNESCO y la Fundación del Libro en la Feria del Libro de Buenos Aires, 1995, Vagos sin tierra (1999), su segunda novela, y Entre el ropero y el tren (2004), una tercera colección de cuentos. También es autora de poemarios y cuentos infantiles, entre éstos de La mariposa azul y otros cuentos (1987; edición bilingüe español-guaraní, 1998). En 1993 realizó las adaptaciones teatrales de dos cuentos: "La sequía" de Rodrigo Díaz-Pérez y "Hay que matar un chancho" de su propia autoría, obras que integran la presentación unipersonal Mujeres de mi tierra llevada a cabo en Francia, España y Colombia ese mismo año (1993) por la actriz paraguaya Ana María Imizcoz. Su producción dramática, de más reciente aparición, incluye cuatro piezas breves: Escape al río, La partida de dados, El burdel y Se lo llevaron las aguas, todas escritas y estrenadas en 1998, y La colección de relojes (2001), inspirada en un cuento de su propia autoría.

DESPEDIDA

Mirada interminable

abarcando las costas que se alejan.

Espuma taciturna

rompiendo quedamente

el minuto suspenso.

Adormida en los aires

se estanca la euforia primigenia,

el adiós largamente demorado.

Un tumulto de aliento se acurruca

en el corredor de la conciencia,

en tanto que la imagen

chorrea débilmente

su tristeza a lo lejos.

Mil palomas se agitan

sobre una multitud esclava

del silencio.

Se aferra la congoja al horizonte

con la dulce nostalgia

de todo cuanto ha sido.

Grietas desconocidas tiritan en el aire

inundado de nombres,

y ante los arrebatos del destino

un desvalido asombro

se aglutina en la garganta.

(De: Desde el cañadón de la memoria, 1984)

POEMAS

Los poemas caen sobre mí

como lluvias torrenciales,

como partes de un astro visionario

que vuelven a nacer entre mis manos,

como ríos anhelantes de su cauce

a través de mi carne.

Caen en mí

cuando las horas parten

y no estoy en mi cuerpo sino llena

de sed y de distancia

en el tránsito alado de los pájaros.

(1980)

LLAMAD

a Rubén Bareiro Saguier

Soy la tierra que llora.

Un regazo vacío que abre su tibieza

para acunar tu ausencia.

Una espera infinita.

Soy los mangos del patio donde duelen

tus rodillas de niño,

la alcoba de tu primer amor,

y el beso aquel temblando en mi fragancia.

Soy el sol que te busca en los portales,

las calles por ti andadas.

Una sombra sin nidos.

Un viento inmóvil.

Soy la luna trenzada en el encaje

del lapacho florido,

la blanca inspiradora que te extraña

y quiere estar contigo.

Soy el lecho de un sueño desvalido,

el puerto de algún barco que se fue

con su mástil radiante

hacia el olvido.

Soy la tierra que llora

la voz de tu palabra silenciada.

Soy tu madre

y te quiero aquí conmigo,

sin réplica

o demora,

porque sin ti soy una vida

atrozmente incompleta.

(1984)

(De: Peregrino de la eternidad, 1985)

RETRASO

Reconocí su voz, mas no mi cara; su figura era lánguida, muy llovida quizás. Mauricio no se llamaba Mauricio, ni era coincidente la imagen con la suya. Pero existíamos. Eramos tan jóvenes aquella siesta. Apresurados entramos al departamento, porque se nos hacía tarde y habíamos olvidado las luces encendidas. Me gustaba el corredor con sus apliques modernos, las puertas de nogal y el tapete beige del saloncito, donde mirábamos pasar el tiempo sobre las leñas. Recostados uno contra el otro, lo mirábamos pasar, como desde el fondo de una pecera, desdibujado y remoto.

El invierno es la estación propicia para las confidencias, el chocolate espeso y aquella manera cómplice de deshacer y recomponer las cosas. Nos habíamos casado un año atrás, y nuestra unión flotaba como una mariposa ingrávida entre las paredes claras de aquel departamento, ni muy estrecho ni muy amplio, que de a ratos parecía perder sus límites, extendiéndose indefinidamente sobre una ciudad que siento mía, sin conocerle el nombre. Esa certeza de crecer, me fascina. Desde adentro de mí, crecen también las cosas, las habitaciones, el deseo; fagocitando cada suburbio, toda puerta, cualquier tristeza.

Algo extraño ronda el interior de las ventanas; parpadea sin asombro desde el espejo; me gratifica: la sensación de una perfecta felicidad.

Era como si yo no fuera, o fuese en otra parte; como si en-tre Mauricio y yo estuviera tendido un puente por donde transitasen nuestros pensamientos sin barreras ni equívocos, corroborando la inutilidad de la palabra. Como un conocimiento de precisión radiográfica; un ballet de sentimientos y certidumbres que va dejando a cada paso los actos en su sitio; un sa-berse desnudo desde adentro, con una desnudez que no perturba.

Me gustaban mis muebles y su boca. La aceptación de mi rostro plano y anguloso, donde con placidez entera hay una sa-tisfecha indiferencia. Nada me importa. Nadie me preocupa. Estoy fuera del tiempo; en otro espacio; sin fuerza capaz de al-terarme después de apagar las luces. Simplemente soy en la dicha.

De repente en el reloj son más de las cuatro. Algo me des-prende de algún lugar y me reintegra. Me despierto atolondrada, mientras desde el espejo me mira mi propia sombra envejecida. Reconozco mi cauce y me apresuro, porque hoy es día de visitas, y llegaré a la cárcel con media hora de retraso.

(De: Por el ojo de la cerradura, 1993)

Oscar Humberto Fleitas Gómez

(Asunción, 1961)

Poeta. Aunque arquitecto de profesión, se dedica también a la poesía y a otras actividades creativas que incluyen la música y la pintura. Entre 1988 y 1993 forma parte del coro Marandú; en 1989 se inicia en el área del diseño gráfico computarizado y en 1992 asiste a un taller de pintura dirigido por Olga Blinder. En 1992 escribe Entre luces y sombras (1995), su primer poemario y obra ganadora del concurso nacional "Voces Nuevas de la Poesía" (edición 1993). Prolífico en el campo poético, a partir de 1995 Oscar Fleitas ha publicado otros diez poemarios: Análisis (1996), En sueños (1998), Semilla de hombre (1998), Simplemente humano (1999), Entre dulce y amargo (1999), Análisis II (2000), Brote de esperanza (2001), El canto del profeta (2001), Amor y amar (2002) y Análisis III (2003). Tiene además en prensa su poemario número 12: Del dolor a la alegría (para fines del 2004).

LA REALIDAD

¡Qué tonto he sido!,

tantos

años de experiencia,

aún así;

me han vencido.

La realidad

otra cosa sería,

si de ojos abiertos,

me encontrara

testigo.

EL PRADO

En el prado,

el pasto,

la paz.

Así reposan

mis ansias,

cuando tus manos,

besan mi amor.

(De: Análisis III, 2003)

TRAGEDIA UNO A

¿Cómo?, no escuchaste nada,

¿dijiste…?, ¿de qué te hablo,

me preguntas?

Del trágico uno de agosto,

no fue el día del carrulín…,

fue el día del Ycua Tatacuá.

TRECE VASOS

Con el corazón

en las manos,

al cerrar los ojos,

trece vasos

de sangre,

se derramaron.

(De: Del dolor a la alegría, en prensa 2004)

Nora Friedmann

(Villarrica, 1953)

Poeta, actriz y productora de televisión. Socia fundadora de Escritoras Paraguayas Asociadas (EPA), miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores Paraguayos (SEP), presentadora y directora de televisión, Nora Friedmann empezó a escribir desde los doce años y tiene en su haber cinco poemarios publicados: La vida, el amor y mis recuerdos (1991), Pude haber sido (1991), Sueños (1995), Buscando el camino (1998) y Entre sueños, amor y vida, antología poética de toda su obra, aparecida en Paraguay en 2000 y en España en 2002.

SUEÑO

Sueño con tu alma pura

y tus besos infinitos.

Sueño con tu amor presente

en cada espacio de mi pequeño mundo.

Sueño con tus caricias

perdidas en medio de mi cintura.

Sueño con tu corazón latiendo

junto al mío,

perdiendo su paso y su ritmo

al hacerse melodía.

Sueño con la vida distinta

que un día me ofreciste

sin pedir nada mío.

CIEN AÑOS

Quisiera que viviésemos cien años

para amarnos,

que el sol brillase tanto

y que nunca nos ciegue la penumbra.

Que en la noche las estrellas iluminen

y la luna acaricie con su manto

nuestro amor tan ardiente y encendido.

Que tu cuerpo tenga

la imperiosa necesidad

de enlazarse al mío,

y que nuestras almas

se unan tanto

sin saber siquiera

¡que alguna vez no estuvieron unidas!

(De: Entre sueños, amor y vida, 2000)