Carlos Federico Abente Bogado
(Isla Valle, Areguá, 1914)
Poeta bilingüe (español-guaraní). Doctorado en Ciencias Médicas por la Universidad de Buenos Aires (1940), Carlos F. Abente reside en la Argentina desde hace más de medio siglo y durante todo ese tiempo ha sido médico obligado y refugio espiritual de miles de compatriotas allí exiliados y, en particular, de escritores y músicos como Hérib Campos Cervera, Mauricio Cardozo Ocampo, José Asunción Flores, Epifanio Méndez Fleitas, Demetrio Ortiz, Augusto Roa Bastos y muchos otros que por diversas razones habían tenido que dejar su país. Este médico-poeta a quien Hérib Campos Cervera dedicara su poema más conocido ("Un puñado de tierra") y para quien Augusto Roa Bastos escribiera los versos de "Saludo a Carlos F. Abente" (1947), empezó a hacer poesía desde muy joven. A principios de la década del cincuenta creó, juntamente con José Asunción Flores, una de las obras fundamentales de la música paraguaya actual: el famoso "Ñemity" ("Cultivar", en español; con letra de él y música de Flores), estrenada en Buenos Aires en 1952. El Dr. Abente es autor de tres poemarios en guaraní: Che kirirĩ asapukái haguã (1990; trad.: Para gritar mi silencio); Kirirĩ sapukái (1995; trad.: Grito del silencio) y Sapukái Sunu (2001; trad.: Grito de trueno). También tiene muchos poemas en castellano, algunas obras inéditas y otras musicalizadas por conocidos compositores paraguayos. En 1994 apareció en Buenos Aires "Nostalgia Aregüeña", un disco compacto que reúne catorce de esos poemas musicalizados, interpretados por varios grupos y conjuntos musicales.
ÑEMITŶ
Jahypýi ko yvy tomeê hia
Ñamboapy ko sapukái
yvytu vevére ñahendu iñeê
ñande kóga purahéi.
Koê pytãngy, guyraita oñeê
ndaipóri mbae mbyasy
kuarahy omimbi, jasy opukavy
Oso mboriahu apytĩ.
Ñañemitŷ
taheñói yvy ári tory
tojope kuarahy avatity
tomyasãi mandyju panambi.
Ñañemitŷ
tahory ñande kéra yvoty
toĝuahê tetãygua araite
topuã Paraguay.
Petŷ ha kaa, manduvi ha yva
maymáva tyái repy
Takuareêndýre mboriahueta
oñohê hiupyrã.
Topa ñembyahýi, joayhu taheñói
topuã ñane retã
Ñañombyatypa ha jasapukái
vyápe che retãygua.
(De:
Poesía Paraguaya de Ayer y de Hoy, tomo II, 1997)LA SIEMBRA
Reguemos la tierra que frutos nos dé
su grito aplaquemos así,
volando en el viento su voz a escuchar,
de nuestra siembra el cantar.
Rojo amanecer trinos por doquier,
tristeza que se acabó.
La luna sonríe al brillo del sol,
el pobre se emancipó.
A cultivar
que renazca en la tierra el amor,
que maduren las mieses al sol
que hayan campos de blanco algodón.
A cultivar
que en los sueños florezca el ideal
que haya el día de la redención
elevar la nación.
Tabaco y maní, yerba, frutas y más,
precio de todo sudor
pobres que invaden el cañaveral
obtienen para comer;
Que el hambre termine y nazca el amor,
que crezca nuestra nación.
Juntemos la voz, todos a gritar:
¡Alegres de corazón!
(Traducción [de estrofas I, II, V y VI] de Lino Trinidad Sanabria)
TEKO PUKAVY
Teresa Méndez-Faith-pe guarã,
ndahesaráivai hetãgui
Mitãkuñami reko pukavy
Mombyry asyete rehóva reiko,
Hyakuãvueteívo nde rehe yvoty
Tetãme ojeráva, ha ñeãme oiko.
Mitãkuñami pya pyrusu
Nde reko katúpe mborayhu hiaju,
Ha tetã ambuégui nanderesaráiri
Koápe oimévare ñande pya karãi.
Mitãkuñami haete ñandesy jeyve
Remboaguyjéva araikoê,
Tovéna ikatúro akóinte jepe
Ñañembyatypávo ha reimévo ndave.
Ñande keraju taipoty jera,
Mborayhu ratápe imimói katúva,
Ha tyai repýpe jahepyroja,
Nde ru purahéipe reñangapapyhýva
Ha teko torypápe, ñañoañuamba.
(De: Sapukái Sunu ["Grito de trueno"], 2001)
VIVIR SONRIENDO
Para Teresa Méndez-Faith,
que no olvida su país
Muchacha de vivencia sonriente
Que andas lejos
perfumada de flores
Nacidas del suelo patrio y arraigadas en tu alma.
Joven mujer de ancho corazón,
En tu diario vivir crece el amor,
Y no te olvidas de este país distante
Que nos acaricia las entrañas.
Imagen exacta de nuestra madre, niña
Que brindas al alba nublada tus saludos risueños,
Que nos juntemos todos como siempre
Y que te agregues también a nuestro abrazo compartido.
Nuestro sueño dorado que se abra en flor,
Que llegue a su punto en el fuego lento del amor,
Como fruto de sudores llevemos a cuestas
La visión que tu padre en cantos te arrulló,
Y abracémonos todos, infundidos de alegre vigor.
(Traducción libre de Tracy K. Lewis)
Victorino Abente y Lago
(Mugía [España], 1846 - Asunción, 1935)
Poeta. Aunque gallego de nacimiento, su vida y obra se identifican con el Paraguay desde su misma llegada a Asunción en momentos difíciles y trágicos de la historia paraguaya (marzo de 1869), cuando las tropas aliadas (soldados argentinos y brasileños) ocupaban la capital. Relacionado con el segundo tramo del romanticismo nacional (que se inicia con la posguerra del 70) y aún con el posromanticismo, colaboró en varios periódicos de la capital, donde también publicó gran parte de su obra poética. Creador de poemas dedicados al renacer de su nueva patria (después de la trágica Guerra de la Triple Alianza) y apropiadamente conocido como "poeta de la resurrección nacional", Victorino Abente y Lago tuvo la suerte de ver el final de la guerra entre Paraguay y Bolivia antes de su muerte acaecida en diciembre de 1935. Sus poemas, dispersos en diversos periódicos y revistas de aquella época, fueron recopilados y publicados póstumamente en Asunción por su nieto Cándido Samaniego Abente en un volumen titulado Antología Poética: 1867-1926 (1984).
MIS DOS PATRIAS
Soy de la valiente España,
Hermosa Patria querida
Que mis recuerdos entraña
Y en donde se lee una hazaña
En cada piedra esculpida.
A la paraguaya tierra
El destino me condujo,
Donde cada sitio encierra
Un recuerdo que en la guerra
El heroísmo produjo.
Para uno y otro suelo,
En mí tanto afecto hay
Que al pedir dichas al cielo
Confundo en el mismo anhelo
A España y el Paraguay.
¿Cómo no ha de ser así
Si estrechamente se unieron
Ambas Patrias para mí?
Pues si yo he nacido allí
Aquí mis hijos nacieron.
Y a Dios le pido por eso
Que amorosamente unidas,
Como labios en un beso,
Marchen al mayor progreso
Estas dos patrias queridas.
Asunción, Julio de 1907
(De: Antología Poética [1867-1926], 1984)
Delfina Acosta
(Asunción, 1956)
Poeta, narradora y periodista. Aunque química-farmacéutica de profesión, Delfina Acosta se ha dedicado a la creación literaria desde muy joven. Sus primeros poemas aparecieron en Poesía itinerante (1984), publicación colectiva del Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero. Posteriormente ha publicado dos poemarios: Todas las voces, mujer... (1986; Premio "Amigos del Arte") y La Cruz del Colibrí (1993). Parte de su obra poética figura en antologías literarias nacionales y extranjeras. En 1987, en los "Juegos Florales" concurso organizado por la municipalidad asuncena en ocasión del 450º aniversario de la fundación de Asunción su obra Pilares de Asunción fue galardonada con el premio "Mburucuyá de plata". Ha ganado además numerosos otros premios, entre ellos: el segundo premio "Poesía Joven" (1983), la "primera mención" en el Concurso de la Municipalidad de Asunción (1991) y una "mención especial" en el concurso de cuento breve "Néstor Romero Valdovinos" (1993) por su cuento "La fiesta en la mar", publicado después en el suplemento cultural del diario Hoy. En 1995 apareció El viaje, su primer libro de cuentos y obra donde reúne sus mejores relatos, premiados o distinguidos con menciones varias en diversos concursos literarios locales. Posteriormente publicó los poemarios Romancero de mi pueblo (1998), Versos esenciales (2001; Premio PEN Club del Paraguay) y Querido mío: (2004), su libro más reciente.
DISCULPAME...
Discúlpame, si puedes, por mis versos,
Neruda, de mil sábanas poeta,
pues yo no sé escribir cantando al agua,
a aquel frescor primero de la hierba,
igual que tú, en tu Chile de araucarias.
Yo sólo sé escribir palabras quietas
en este pueblo donde todo muere
volviéndose en las manos simple piedra.
Sucede, sin embargo, algunas veces,
que el corazón procura alguna fiesta,
y salgo a andar, alegre y bien vestida,
por el camino y luego estoy de vuelta.
Me ocurre que me río, que mi risa,
igual al llanto mío desespera.
De mi costado izquierdo sale un verso
apasionado y triste que gotea.
Ah... si entonara como tú, Neruda;
si alzara por los vientos los poemas
mejores de mi vida en dulce nota.
Si el verso hablara a Dios sin una queja.
Sollozo sin su madre, fuego triste,
jardín quemado que no dio violeta,
invierno sin cerilla, espectro frío
es todo lo que tengo por cosecha.
(De: Versos esenciales, 2001)
EL BESO
Voy a contarte un cuento que otras saben.
Las menos como tú jamás supieron.
Era un juego de a dos pues se enfrentaban
un rey hermoso y una reina a besos.
Y érase que ella alegre se moría
como última tecla en cada beso.
Y él riendo tomaba con su boca
un poco de su lengua y de su aliento.
Pasó el verano bajo el puente chino,
sopló el otoño y garuó el invierno,
volvió la primavera y se marchó
detrás de un par de niños aquel juego.
Y érase esa mujer que aún lo amaba,
y moría de pena, pero en serio.
Y érase la tristeza en el ciprés
la hora en que llovía en ese reino.
(De: Querido mío:, 2004)
Nelson Aguilera
(Asunción, 1961)
Poeta, narrador, actor de teatro y profesor de literatura. Licenciado en Letras y en Lengua Inglesa por la Universidad Nacional de Asunción, Nelson Aguilera tiene además una Maestría en Lingüística Literaria para la Enseñanza de Lengua y Literatura de la Universidad de Strathclyde (Glasgow, Escocia). Miembro de la SEP (Sociedad de Escritores del Paraguay), hasta la fecha tiene seis libros publicados. En poesía, es autor de Las hebras del olvido (2000), Cadenas de mi tierra (2000) y Encuentros y secretos (2001). En narrativa, son de su autoría dos libros de cuentos Cuentos para mujeres (2002; en versión trilingüe [castellano, guaraní, inglés]) y Héroes y antihéroes (2004) y una novela: En el nombre de los niños de la calle (2004).
EL INDIO FRANCISCO
Asunción, 18 de abril del 2003
Querida Hannelore:
Hoy Viernes Santo la tristeza me embarga, al pensar que no puedo estar en la aldea por lo menos para mirarte desde lejos y contemplar tu felicidad fabricada por tu tradición y el férreo fariseísmo de tu padre.
Siempre recuerdo cuando éramos aún niños y jugábamos con tus muñecas hechas de palo santo y mi pelota de trapo hecha por tu madre, quien con la caridad a flor de labios me daba un poco de saft y stollen mientras mi padre se quebraba el lomo trabajando para tu padre en la estancia por un poco de comida para mis hermanitos.
Hannelore, hoy sólo el recuerdo me hace compañía. Tú estás distante como ese primer beso que te di aquella tarde de enero en nuestra picada secreta al cumplir tus quince años.
Ich liebe dich Francisco.
Ich auch Hannelore.
Después nuestros labios se unieron en un amor que llevaremos hasta la tumba. Un amor que no puede ser realidad porque mi raíz salvaje y mi color se interponen ante tu cabellera venida de Holanda y tus ojos celestes de las praderas de Rusia.
¿Qué importa la diferencia, Francisco? Te amo y sólo eso basta.
Para ti y para mí tan sólo el amor basta, pero no para tu gente.
¡Mi gente!
¿Te acuerdas cuando tu padre nos descubrió besándonos detrás del algarrobo aquella tarde de octubre cuando el viento norte soplaba sin misericordia y tú te escapaste de la siesta obligada para verme? Y mi padre tuvo que soportar nuestro dolor.
¡Ramón! Tu hijo es un mal hijo.
¿Por qué, señor?
Porque estuvo besando a mi hija. ¡Cómo se atreve! ¿Qué se ha creído? Mi hija no puede ni debe relacionarse con los indios y que tu hijo no vuelva a pisar mi casa porque...
La voz de tu padre tronó como la de un impío. Sus predicaciones domingueras en nuestra aldea sobre el amor al prójimo cayeron al vacío y fueron llevadas por las ráfagas calientes del viento norte hasta el templo de los fariseos. No pude entender cómo un hombre que me hablaba del amor de Cristo podía al mismo tiempo rechazarme por ser un niño nacido bajo el arrullo de la selva y el manto de una noche estrellada.
Después me enteré de que te enviaron al Canadá para casarte cuanto antes con alguien que tuviera tu mismo color de pelo y su piel fuera tan blanca como la misma leche de las colonias. Tu raza y tu cultura separaron nuestro amor tejido en las marañas chaqueñas.
Yo recibí las consabidas reprimendas de los pastores chulupíes y como castigo fui enviado a estudiar en el seminario bíblico con la consigna de no volver a posar los ojos en ninguna mujer blanca.
Ser pastor nunca fue mi sueño y atrás dejé Homilética, Griego y Hebreo para dedicarme a luchar por los indígenas que andan sangrando miserias por las calles de Asunción. Están tan solos como yo, perdieron la razón de su existencia, como yo, y sólo sueñan con una tierra en que el odio, las diferencias y la hipocresía no tengan lugar, como yo.
Hannelore, la última vez que te vi fue el año pasado, el domingo de Pascuas. Tú salías de la iglesia del brazo de tu marido y tus dos hijitos rubios, no mestizos. La alegría se paseaba entre todos ustedes y el sol resplandecía en tu cabellera de oro, mientras una triste sombra se encargaba de llenar mis ojos de lágrimas.
Hoy Viernes Santo, cuando recordamos la muerte de Nuestro Maestro, quien proclamara el amor al prójimo y al enemigo, yo te escribo esta carta para decirte que te perdono, por no haber expugnado las fortalezas que separaban nuestro amor y por permitir que mis sentimientos sigan llorando su funeral inconcluso.
Se despide quien siempre te amará,
El indio Francisco.
(De:
Héroes y antihéroes, 2004)Raúl Amaral
(Veinticinco de Mayo, Prov. de Buenos Aires, 1918)
Profesor, ensayista, crítico literario, poeta y periodista. Aunque argentino de nacimiento, este prolífico y conocido escritor, ejemplar "maestro" de muchos, ha dedicado más de la mitad de su vida al Paraguay, su patria adoptiva. Como merecido homenaje a sus cuarenta años de dedicación a la educación y a la cultura paraguayas, el profesor Amaral ha sido galardonado con la ciudadanía paraguaya por resolución de la Corte Suprema de Justicia y voto unánime de sus miembros (16 de julio de 1993) en reconocimiento a su infatigable labor en pro de la cultura de su país de adopción. Su vasta producción ensayística y creativa incluye (además de innumerables artículos diseminados en publicaciones nacionales e internacionales varias) los siguientes títulos: El modernismo poético en el Paraguay (1982), La sien sobre Areguá (1983), Escritos Paraguayos (1984), El romanticismo paraguayo (1985; Premio Nacional de Literatura La República, de ese año), El León y la Estrella (1986), Breviario aregüeño de Gabriel Casaccia (1993), Los presidentes del Paraguay: crónica política (1844-1954) (1994) y Antecedentes del nacionalismo paraguayo. El grito de Piribebuy (1995), para mencionar sólo algunos de sus libros más significativos.
LA LUZ DESDE LA PIEDRA
(XII: Rafael Barrett)
Ayer crecían pájaros
en su barba
y de vez en cuando
la noche.
Ha caminado mucho entre los árboles,
los trenes
y los puestos de flores artificiales
que perfuman el olvidado
cielo de Arcachon.
¡Hace tantos años
que es tan solo
un eco mineral,
una sombra
proyectándose sobre ese mar
insomne, frío, eterno,
comienzo de la espuma que en el lago
rescata
el oscuro pecho del trópico!
Las mariposas
vuelan de sus ojos
con su angustia viviente
y se asoma por ellas
un mensaje de ansiosa primavera
más allá de los pinares
que en edades cautivas, sin asombro,
inspiran
el desanclado viaje del viento,
la espiral que nutre el ala,
el fragor del insecto,
la desesperada siembra
del prójimo.
Alguien llegó esa tarde
ardida de lapachos,
lenta, rural, definitiva,
como quien vuelve
de una efusión de pandorgas,
vértigo de raíces,
mientras ciñe su voz
el humo antiguo
y sus ojos melancólicos
regresan a destrenzar el horizonte.
(Aquí, en Areguá,
el tiempo
anuncia su apocalipsis de chicharras,
el nostálgico reclamo del turú,
las olerías,
los trapiches
del arduo cañaveral
y las manos de los pobres
que caen una vez más
hacia la tierra.)
Ahora pueden llamarse muchos seres,
muchas cosas,
o apenas un cartílago de la vida,
amar a los que siempre
ven germinar el hambre, arder
la sepultura,
porque el canto
no es ya costumbre de todos
sino ese fantasma cruel
que se ha apoderado
de la Nada.
El sumergido busca,
palpa la caverna de su silencio,
su implacable
pulmón derrotado,
y desde su alerta
ve nacer la anárquica vislumbre,
su prosa
en sueños de justicia,
la esperanza.
Compañero de la nube,
del adiós trunco en sangre,
de la mañana nonata,
y que sin embargo
joven aún, altos los pasos,
firme la tristeza,
ha venido
para amar al huérfano del mundo
y sentarse
a la diestra de su ausencia.
Aquí, en el Paraguay,
paraíso que labra su ceniza,
en su errante destello
solitario,
cáliz de eternidad,
alguien
campesino sin orillas,
canoero sin alba
alcanzará su ternura,
la tibia piel del maíz,
la vara que trajo del templo,
la libertad que espera en los arenales
de Isla Valle,
y lo pondrá en camino
no el de extranjera sal que separa
como una clave de presagios,
de muertos cerrojos,
cuando banderas despiertas y sin límites
vuelvan con usted,
Don Rafael,
hombre libre,
junto al pueblo paraguayo
puesto de pie
con usted
junto a otros hombres
(1964)
(De: La sien sobre Areguá [1952-1972], 1983)
José-Luis Appleyard
(Asunción, 1927-1998)
Poeta, narrador, periodista y dramaturgo. Egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Asunción, se desem-peñó como abogado durante unos diez años antes de abandonar la profesión para dedicarse casi exclusivamente al periodismo y a la creación literaria. Destacado miembro de la promoción de 1950, integró la Academia Universitaria del Paraguay, creada bajo el estímulo del Padre César Alonso de las Heras. Appleyard se ha distinguido especialmente por su producción poética que incluye, entre otros títulos, los poemarios Entonces era siempre (1963), su primer libro, El sauce permanece (1965), Así es mi Nochebuena (1978), Tomado de la mano (1981), El labio y la palabra (1982), Solamente los años (1983) y Las palabras secretas (1988). En 1961 ganó el Premio Municipal de Teatro con Aquel 1811, drama poético sobre la independencia de su país. Aunque ha escrito varias otras piezas breves, casi toda su producción teatral permanece inédita. En narrativa, es autor de una novela: Imágenes sin tierra (1965) y de dos colecciones de monólogos: Los Monólogos (1971) y La voz que nos hablamos (1983). De posterior publicación son Desde el tiempo que vivo (1993; Premio Municipal de Literatura 1994), serie de sesenta breves relatos en torno a los sucesos más significativos del segundo milenio de la Era Cristiana, Antología poética (1996) y Cenizas de la vida (1997), obra por la que se le concedió el Premio Nacional de Literatura en 1997.
HAY UN SITIO
Hay un sitio en el mundo donde vivo,
pequeño y singular,
un sitio mío,
un pedazo de tierra con olor a madera,
con gentes como yo,
de diminuto, sangrante y triste
corazón cautivo.
Un pedazo de tierra, pocos hombres,
y un alfanje de acero como río.
Yo estoy en él, soy parte de esa parte
minúscula del mundo. Tengo amigos
que comparten el tiempo y lo desangran
con lentitud, sin prisa, desde antiguo.
La vida es muy sencilla,
sólo basta
ser fiel al cumplimiento de los ritos:
matar a la verdad cada mañana
y dejarla morir cada domingo.
Quien conoce la clave, dulcemente
puede vivir tranquilo en este sitio.
Las palabras mantienen la tersura
de su forma redonda y sin resquicios,
pero aquellos que encierran, por ser verbo,
en cada labio da un sabor distinto.
La gramática es tensa, diferente
de toda similar. Sólo el sonido
de sus vocablos tiene semejanza
con un idioma al que llamara mío.
Hay sinónimos claros, transparentes:
ser libre es vegetar sin albedrío,
robar es trabajar, amor es odio,
y vivir es morir desguarnecido.
La soledad se llama compañía,
y el traicionar, ser fiel a los amigos.
La novedad, vejez. Todo lo nuevo
tiene una oscura pátina de antiguo.
Hay un sitio en el mundo donde vivo,
pequeño y singular.
Un sitio mío,
un pedazo de tierra que se pubre,
con gentes como yo,
de diminuto, sangrante y triste
corazón cautivo.
BUSCAR EL PAN
Buscar el pan.
Correr tras él.
Correr. Dormir. Amanecer.
Volver a ser.
Correr. Buscar.
Comer. Dormir.
Y nada más.
Buscar el pan.
Correr tras él.
Llevarlo tembloroso hasta la boca.
Comer el pan.
Correr.
Dormir.
Andar y desandar por las calles viejas.
Correr.
para comer
con los dos pies.
Mirar los ojos con la boca amarga
de una saliva torpe que adelgaza
duras migas de pan.
Correr tras él.
Luchar por él.
Herir por él.
Comer.
Dormir.
No renacer.
Eso es vivir.
Pero vivir
ya no es pensar
ni amar ni ser.
Comer.
Dormir.
Mejor morir.
(De: Luis María Martínez, ed., El trino soterrado, vol. I, 1985)
EL CHOQUE DE DOS MUNDOS
Mucho se ha escrito de ese encuentro de dos mundos, de dos culturas, de manera de concebir a un dios o unos dioses. Mucho se ha hablado, se ha opinado, se ha discutido. Y la verdad pende entre dos polos, dibujando en la arena de la historia los rasgos cambiantes de los acontecimientos ocurridos.
La verdad es esquiva y se oculta en la arena de playas diferentes. Se zambulle en mares que, sin ser los mismos, se unen en los extremos de la esfera terrestre.
Y a pesar de todos los escritos, los testimonios, las diatribas y de las leyendas, ya negra, ya rosa, ya blanca, es dable imaginar ese choque de dos monstruos tan disímiles y unidos sólo por la cruel afinidad del hombre.
Los rostros, diferentes. Entre la blanca tez de los de algunos, que vienen en esos barcos con grandes alas que impulsan su arribo al ritmo de los vientos y esos rostros broncíneos de los que ya están, hay un choque, como los hay entre las armaduras y los escuetos taparrabos que apenas ocultan la desnudez del cuerpo. Existe una distancia de milenios entre los protagonistas del encuentro. Uno y otro son hombres en la dramática acepción del término. Ambos conocen de guerras y de sangre, de enemistades y pasajeras alianzas. Ambos son duchos en astucias y crueldades. Y tanto los unos como los otros quieren prevalecer con esas armas. La diferencia entre el triunfo y la derrota será, sin embargo, la fuerza. La pólvora impone con facilidad sus inapelables argumentos.
Para los recién llegados la nueva geografía se irá imponiendo lentamente, al principio con sus paisajes insulares y verdes. Luego será el asombro por la magnitud de sus montañas, de sus volcanes y de sus ríos, sin parangón alguno con aquellos que riegan los valles y las llanuras de las tierras dejadas en pos de la aventura. Las enormes selvas, junglas que han requerido infinidad de tiempo para tejer la trama vegetal e impenetrable de sus árboles y lianas. Y su fauna delirante de colores y garras, de cóndores y simios, de jaguares y pumas, cuya felina elasticidad será un nuevo motivo para la heráldica que habrá de nacer de esas nuevas tierras habitadas desde hace tiempo por hombres que nacen, crecen, luchan, se reproducen y mueren como todos los hombres de la Tierra.
Los azorados ojos de los recién llegados contemplan esas exuberancias de la naturaleza que en esas nuevas tierras sintió la inspiración del genio y esculpió cordilleras, talló rostros hieráticos en los picos altísimos en donde fingen barbas la nieve y los hielos. Pintó paisajes áureos y dibujó los ríos, a veces torrentosos, enormes y crujientes, y a veces grandes lagos de plácida armonía, donde la corriente se hace ociosa y serena para gastar su tiempo reflejando las garzas coloridas, con su elegancia pura, ancestral e inquietante.
Sí, dos mundos chocaron y se agrandó la Tierra. Y luego ya vendrían los tiempos del saqueo, los tiempos de codicia, los tiempos de la furia muriente de un imperio. Pero esos dos mundos se miraron, atónitos, se contemplaron frente a frente, como cumpliendo el rito de una cita empeñada. Y fue sólo un instante que pudo durar siglos o dura todavía. Y en ese instante enorme, en proporción directa con el nuevo continente, sucederían los hechos predichos por los magos, temidos por los dioses y ansiados por los hombres en su avidez perenne de glorias y aventuras.
(De: Desde el tiempo que vivo, 1993)
María Luisa Artecona de Thompson
(Guarambaré, 1927 - Asunción, 2003)
Poeta, cuentista y dramaturga. Licenciada en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, María Luisa Artecona de Thompson cultiva primordialmente la literatura infantil. En 1965 fue galardonada con el Premio Doncel de narrativa infantil. Entre sus obras publicadas se destacan: El sueño heroico (1963), Canción para dormir una rosa (1964), Cartas al señor sol (1966) y El canto a oscuras (1986). De posterior publicación son La flor del maíz: Calendario escolar paraguayo (1992) y una voluminosa Antología de la literatura infanto-juvenil del Paraguay, también aparecida en 1992. Tiene además muchos cuentos y poemas dispersos en periódicos, revistas y antologías literarias locales y extranjeras.
EN SILENCIO
En el fondo de mí
ya no hay
palabras.
Sólo un cristal
de otoño
ceniciento
que escucha el golpear
de algunas hojas
y el pasaje fugaz
de gotas finas.
Ya no me queda
al fin
de esta jornada,
sino el mirar
sin ver
de mis pupilas;
ni el crepitar
del llanto
existe ahora;
soy, apenas;
la piedra del camino.
Sostengo
a solas
mi frutal
maduro
por el sol de la angustia
y de la pena.
No sé
de dónde llegan
mis heridas
ni a qué destinos
yo
y ellas vamos.
En el fondo de mí
ya no hay
palabras.
Sólo hay un ser que piensa
y se amalgama
con el silencio y en silencio
estamos.
BANDERAS
Banderas.
Banderas negras
para el último día
del opresor.
Sangre de ardidas venas.
Rictus exangües.
Luz y espada.
Un retazo mendigo
de estas tierras de duelo
para el último cetro
de la traición.
La plenitud de un surco
arrojará la libertadespiga
para el inmenso día de la paz.
Banderas.
Banderas de cien duelos distintos
sobre los flancos yertos
de su nombre.
Banderas.
Banderas desplegadas.
Emblema.
Justicia.
Libertad.
(1980)
UNA VEZ
Hoy anduvimos celosamente humanos,
rescatando el idilio de las horas.
Por eso fui buscando un lapso claro
para ofrecerte mi vendimia simple.
Pero tú, generoso hasta el convite del vino
de mi agrazón oscura, hiciste uvas doradas,
y un poco deslumbrado
de pronto, todo lo cambiaste
y se tiñeron tus ojos de dulzura
y nada más que así fue nuestro encuentro.
Había una vez. No.
Erase una vez. No.
Que fueron muy felices. No.
Ya lo sé, amor,
son los tenaces juegos de tu ausencia.
(1984)
(De: El canto a oscuras, 1986)
Margot Ayala de Michelagnoli
(París, 1935)
Poeta y artista plástica. Aunque nació en París (durante una misión de estudios de su padre), desde los tres años vive en Asunción, donde se ha hecho conocer primero como artista plástica en varias exposiciones de pintura que datan de 1980 y luego como poeta y novelista. Presidenta del Grupo ADAC (Asociación de Apoyo a la Cultura) y Vocal de la Cultura del Consejo Nacional de Mujeres del Paraguay, Margot Ayala de Mi-chelagnoli tiene en su haber literario, hasta la fecha, tres novelas Ramona Quebranto (1989), escrita en jopara (guaraní-castellano), Entre la guerra el olvido (1992) y Más allá del tiempo (1995) y tres poemarios: Ventana al tiempo (1987), Murmullo interior (1991) y Cielos interiores (1994). De más reciente publicación es Nderasóre (2002), su primera obra teatral. Tiene además cuentos y poemas, incluidos en libros colectivos y antologías literarias nacionales y extranjeras.
EL VELORIO DEL PRIMO RAIMUNDO
Llueve... en las húmedas paredes se desdibuja una mancha verde amarronada. Los cristales de las ventanas están velados.
Las luces de los cirios en un temblor ascendente reflejan extrañas sombras.
Como buitres en hilera, tres sombras con bigote, una mujer joven vestida de negro, una anciana de manto negro, las lloronas y un perro observan el rostro que poco a poco va adquiriendo un aspecto desconocido.
Las arrugas se van alisando paulatinamente, una helada serenidad invade las facciones del difunto.
La muerte flota en la atmósfera, un dolor ausente escalofría desde adentro y deja un sabor amargo con olor a cera y flores marchitas.
La joven vestida de negro abre los postigos, el frío aire de agosto mueve los visillos, indeciso retrocede el invierno.
La mujer joven vestida de negro dice:
Le haré un velorio como se merece, vendrá el Presidente de la República, militares, diplomáticos, amigos y los que me den la gana, al fin es mi marido.
No permitiré que el dictador entre en la casa, acongojada pero firme sonó la voz de la anciana desde un rincón de la pieza. Raimundo fue un héroe y no lo condecoraron con la Cruz del Chaco, ni le dieron la pensión que le correspondía.
Era un conspirador convulsivo y estuvo preso varias veces, agregó con rencor la mujer joven vestida de negro con el rostro lleno de ira.
¡Basta!, gritó el hombre de bigote; estas discusiones son inoportunas, lo decidiremos nosotros, señalando con un gesto a las tres sombras con corbatas pegadas a la pared y mirando duramente a la mujer vestida de negro.
Ovillado en una silla, un anciano desteñido con aspecto abatido, murmuró con voz ronca y llorosa acusando con el dedo a la mujer vestida de negro: "Raimundo afirmó siempre que sos una puta", dijo.
Estupefacta y temblando, la joven vestida de negro no respondió al insulto.
Bruscamente se abrió la puerta, irrumpiendo en la escena una mujer, chilló que no griten y salió con una ráfaga de aire helado.
Ella había truncado sus sueños, fue imposible satisfacer sus ambiciones.
"Sólo sabes tocar guitarra y cantar le decía, igual que las chicharras, cazar perdices y pescar mandií, que ni los comes ni los vendes, ¡tienes gustos refinados!".
Sí, lo heredé de mi abuelo que era marqués, le respondía.
¡Jesús! ¿Por qué me habré casado con un inútil?, gritaba colérica.
Creíste que era rico. Fue por eso.
Y ahora Raimundo yace quieto, lívido y solo, muertos sus sueños y esperanzas... como lo había estado siempre, siempre, siempre. Solo.
(De: Tiempo de contar [narraciones colectivas], selección de Escritoras Paraguayas Asociadas, FONDEC, Asunción-Paraguay, 2000)
Moncho Azuaga
(Asunción, 1953)
Poeta, dramaturgo y narrador. Abogado y licenciado en Filosofía y Letras, Azuaga pertenece a la denominada "promoción del 80". Cofundador (con Emilio Lugo y Ricardo de la Vega) de la Revista Cabichui 2, su obra literaria ha sido distinguida en varios concursos nacionales y extranjeros. De su prolífica producción se destacan los siguientes títulos: en poesía, Bajo los vientos del sur (1986) y Ciudad sitiada (1989); en narrativa, Arto cultural y otras joglarías... (cuentos, 1989) y Celda 12 (novela, 1991), verdadero réquiem a la dictadura de Alfredo Stroessner; y en teatro, Y no sólo es cuestión de mariposas (1976), En moscas cerradas (1976), Los niños de la calle (1989), Cuando los animales asaltaron la ciudad, obra de teatro callejero estrenada en 1994, y Sagrada Familia, también del mismo año, presentada en escenarios de la capital y del interior del país.
AMERICA LATINA
América Latina,
de esperanzas,
como océanos,
como palmeras,
como cordilleras,
como hombres descalzos
hacia el lucero del alba.
Si pudiera imaginarte
sin metrallas,
sin cercos ni fronteras,
sin mercantes ni corsarios,
sin latifundistas ni rosarios,
sin canciones de penas tuyas
y vaquitas ajenas,
creo que hasta te soñaría
como te quiero
de esperanzas!
América Latina,
si pudiera imaginarte
sin golpes de Estado cada mañana
golpeando tus puertas verdes
de sencillez de tierra,
sin puertos con Night Club
llenos de muchachas tristes
y hombres tristes
de tristezas enfermizas.
Ay,
si esos mestizos ojos
sonrieran a la cosecha
y la oración levantaras
a los Dioses antiguos
del Tigre y el Pez
Ay,
de seguro que hasta en sueños
te querría
como te quiero:
de esperanzas!
como tu río más secreto,
como tu cielo más grande,
como tus niños de ojos de azúcar,
como ropa limpia,
como mariposas.
América Latina,
de heridas, espinas y dolor nuestro,
de Estado de Sitio,
de Multinacionales,
de soplones y confidentes,
de torturas,
de intervenciones,
muertos y desaparecidos,
si pudiera quererte
más de lo que te quiero,
te querría sin dictadores,
sin fraudes en el voto,
sin esos extraños hombres
que viven en ti
y de ti viven
sin querer vivir en ti,
sin esos otros
que culpa tienen
que vivas así,
sin sanguijuelas
te querría
como te quiero:
de esperanzas!
como selvas,
como animales,
como vientos,
como lunas,
como mujer encinta,
como hombres libres.
Ay, América Latina,
si pudiera imaginarte
de amor
como te estoy queriendo
de sueños
querría quererte
como te quiero:
de esperanzas,
América Latina!
(De: Ciudad sitiada, 1989)
William Baecker
(Mato Grosso [Brasil], 1943)
Poeta y periodista. Aunque nació en Brasil, vive en Paraguay desde principios de la década del sesenta. Ex actor y director de teatro de vanguardia, toda su obra poética es cien por ciento paraguaya, ya que ha sido concebida y publicada en Asunción, años después de su ingreso al país. Miembro de la Sociedad de Escritores del Paraguay y del PEN CLUB paraguayo, William Baecker ha sido también comentarista de asuntos culturales en la prensa local y ha participado como jurado en varios concursos literarios. Hasta la fecha ha publicado cinco poemarios: En una lejanía (1973), En este memorial (1975), Cuando cesan los sueños (1993), Era un simple cariño (1995) y No hace falta decirlo (1998).
Y AL FINAL LAS COSAS
Y al final de las cosas,
yo soy un hombre triste, lo confieso;
no me conmueve nada:
ni el beso de llegada que me diste
ni el beso de partida que olvidaste.
Y así, con los olvidos,
de pronto se te fueron los abrazos
y a mí se me escaparon,
como palomas blancas,
las palabras.
CUANDO REGRESE
Cuando regrese el sol
si es que se fue
me acordaré de ti.
(De: Era un simple cariño, 1995)
PARA QUE NO ME ESCUCHES
Para que no me escuches
repetiré en silencio
vocablos que conoces:
aquellos
que besaron tu frente
con la dulce tristeza de adorarte
y la oculta alegría
de no olvidar jamás
la palabra esperanza.
Y NO TE ENGAÑES
Y no te engañes:
sólo el amor perdura.
Así como el amor, es la poesía:
un monte de ansiedades y tristezas,
un sepultar relámpagos de angustias
que, al final de las cosas, son primeras.
Y no te engañes.
Así son las quimeras:
después de los otoños, los inviernos
anuncian otra vez la primavera.
Por eso digo, a veces,
hablando de poesía
que el dolor que me causa amarte
tanto es el puro placer de la agonía.
Y no te engañes:
después de los silencios y amarguras,
después de las primeras alegrías,
sólo el amor perdura.
(De: No hace falta decirlo, 1998)
Rubén Bareiro Saguier
(Villeta, 1930)
Poeta, narrador, ensayista y crítico literario. Abogado y licenciado en Letras por la Universidad Nacional de Asunción, Bareiro Saguier residió durante muchos años en París, donde se ha desempeñado como catedrático universitario de Literatura hispanoamericana y lengua guaraní. En diciembre de 1991 la Universidad Paul Valéry de Montpellier le otorgó el Doctorado de Estado en Letras y Ciencias Humanas, título académico máximo del sistema universitario francés, tradicionalmente reservado a nominados franceses, salvo raras excepciones. De 1994 a 2002 representó a su país como Embajador del Paraguay en Francia. Actualmente reside en Asunción. Crítico y ensayista de renombre y uno de los escritores paraguayos más conocidos en el exterior, Bareiro Saguier es co-fundador (con Julio Cé-sar Troche) de la revista literaria Alcor (1955). En 1971 se le concedió el prestigioso premio Casa de las Américas por su colección de cuentos Ojo por diente (1973). En narrativa publicó después El séptimo pétalo del viento (1984), una segunda antología de cuentos; y su labor ensayística incluye, además de numerosos ensayos críticos, los siguientes estudios: Literatura guaraní del Paraguay (1980), Augusto Roa Bastos; semana de autor (1986) y Augusto Roa Bastos; caídas y resurrecciones de un pueblo (1989). De su obra poética se destacan los poemarios Biografía de ausente (1964), A la ví-bora de la mar (1977) y Estancias, errancias, querencias (1985). Es también co-editor (con Carlos Villagra Marsal) de Poésie Paraguayenne du XXe Siècle, antología bilingüe (español-francés) publicada en Suiza en 1990.
OJO POR OJO
Allí estaban los dos, silenciosos. Pero siempre había sido así; jamás habían tenido mucho que decirse, ni tiempo. Apenas si para acoplarse en el cansancio de las noches calientes, como dos gusanos.
Como esos gusanos blancuzcos, se dijo ella.
El fuego pasaba a través de los agujeros, como un cuchillo entre las costillas; pasaba desde arriba, o quizá desde abajo. Porque esto muy bien podía ser el infierno del que tanto habían escuchado hablar al Paí. Sin embargo, el señor cura les había prometido salvarlos de las llamas perdurable amén, con la condición de que se casaran y vivieran cristianamente: el bautismola confirmaciónla comunión de los hijosla misael matrimonioel viernesantoayunola pascuaflo-ridala extramaunciónlas novenaslos diezmos. Los diez mandamientos. Centavo sobre centavo habían tratado de cumplirlos, y sin embargo, ahora el calor les atravesaba de punta a punta, ese calor que derrite la grasa, que pudre todas las cosas.
Pero ellos nada decían. Las manos grasientas de la vieja en las manos grasientas del viejo. Como cuando ella iba a visitarlo al corralón donde él pasó dos años por aquella "desgracia", durante el baile en la escuela. Conste que no había sido culpa suya; el otro le agredió porque no le gustaba el color de su pañuelo y porque la caña; el puñal dijo el resto. Entonces ella iba todos los domingos a llevarle el atadito de cosas, y permanecían horas con las manos en las manos, hasta que sentían crecer una capa de grasa entre ellos, sin hablarse, a través de las rejas del patio enorme. Apenas si le preguntaba por los hijos.
Conché come tierra, murmuraba la mujer.
Y él pensaba que estaba bien que no los trajera.
Kitó me ayuda en la capuera y le entregaba el bastimento.
Pero él salió en libertad, gracias a su compadre que ya era comisario. Y todo fue mejor. Hasta pudo comprarse un caballo para ir a las carreras de los domingos. Ella ya sabía de lo que se trataba cuando él regresaba con una máscara de ceniza, de silencio espeso y ceñudo.
El hombre es hombre se decía ella, y... así nomás tiene que ser.
Todo fue mejor, pese a la muerte del hijo, el segundo, y a que la menor, de muchacha en una casa de familia decente, pasó a trabajar en aquella casa.
Eso no está bien, pensaba la vieja. Que sirva a los hijos del patrón, bueno... pero con todo el mundo, ¡y por plata...!
Todo mejor, gracias a que cumplían con los sacramentos, como dijo el Paí, quien hasta entronizó una imagen de la Santa Virgen de los Remedios en el cuarto. Desde entonces, nunca faltó la bendición de la Santa Patrona, ni tampoco una vela los viernes, sobre la repisa, junto a las flores de papel ennegrecidas por las cacas de moscas, empalidecidas por el polvo y el resol.
Ahora tenían más tiempo para recordar todo aquello, sin decirse nada, igual que siempre, igual que durante las veladas de invierno en la cocina, cuando las brasas se iban consumiendo y las sombras comían sus facciones inexpresivas, como un gusano enorme, como ese gusano cerca de sus uñas azules. "Quizá es el mismo o un pariente de los que aquel año y aquel otro y aquel otro destruyeron el algodonal. Hasta es posible que todos los gusanos sean parientes".
Todo mejor... Y seguían roturando la tierra, hasta que en la cara se le abrieron esas grietas que el sol dibuja en la superficie sedienta durante las siestas de fuego.
¡Fuego eterno para los que olvidan la patria celestial! clamaba el Paí. Pero la piedad, la devoción..., agregaba, los ojos en blanco.
Y ella rezaba su rosario, mañana y tarde, y hasta por las noches cuando el insomnio le fue creciendo con el reumatismo. Cada vez más sola, como al principio. Nadie más que él y el perro de costillas florecientes, también ya desdentado, le escuchaban desgranar el devocionario desgastado que guardaba en la cabeza.
Parece que va a haber seca...
Sí..., respondía él, y miraba el fuego en el poniente.
El perro dormitaba y perdía ruidos por todos los costados. "De puro viejo...", pensaba.
¡Fuera!..., decía ella, y volvía a sus rezos.
"La piedad, hijos míos; la devoción, mis amantísimos hermanos...". Y sin embargo, qué caliente era todo alrededor de ellos. Qué pesada sobre sus manos grasientas, podridas, sobre los pelos crecidos, sobre las uñas largas y moradas, ese metro y medio de tierra, de fuego rojo.
(De: Ojo por Diente, 1973)
HUELLAS
Bajo las plantillas gastadas
de mis viejos zapatos
van pasando las calles
torrentosas del mundo: caras, voces extrañas,
manos, copas amigas.
Ausencia.
El frío del camino
se me sube a los huesos
por los hoyos del cuero
que calca en cada suela
la forma exacta
de mi patria.
PARABOLA DE LA ROSA
Anoche un guardia,
un hombre con el rostro
oculto por una máscara de sombra,
entre las rejas me pasó una rosa
cortada de algún jardín público.
"Viene de afuera", me dijo,
y sentí que un hálito de vida
me invadía.
Supe que en el fondo del pozo,
en el charco de un pecho
puede florecer una rosa.
Aunque la felidez
la marchitó enseguida,
la rosa existe.
(De: Estancias, errancias, querencias, 1985)
Rafael Barrett
(Santander, 1876 - Arcachon, 1910)
Narrador y ensayista. Aunque español de nacimiento, Rafael Barrett está vinculado a las letras paraguayas desde su llegada a Asunción en 1905. Con Viriato Díaz Pérez, Martín de Goycoechea Menéndez y José Rodríguez Alcalá, integró un pequeño grupo de intelectuales extranjeros que se destacaron de manera significativa en el ambiente literario nacional de principios de siglo. Precursor de la literatura paraguaya actual y el escritor extranjero más prominente de entonces, describió y denunció en sus obras las injusticias sociales, la desesperación y el sufrimiento prevalecientes en esos años. Sus narraciones y ensayos ofrecen una visión del Paraguay muy diferente a la proyectada en las exaltadas páginas de Martín de Goycoechea Menéndez o en los escritos de la mayoría de los integrantes de la promoción de 1900, reivindicadores casi todos de los héroes y de las glorias nacionales pasadas. De sus muchas obras, varias publicadas póstumamente, se destacan en particular: El dolor paraguayo (1909), Lo que son los yerbales (1910), Cuentos breves (1911), Al margen; estudios literarios (1912) y Diálogos, conversaciones y otros escritos (1918). Sus Obras Completas se publicaron en Buenos Aires en 1943. En 1990 aparecieron sus Obras Completas (en cuatro volúmenes) en Asunción (edición a cargo de Miguel Angel Fernández).
EL CANCER POLITICO
Si yo tuviera influencia sobre los estudiantes ¿pero qué influencia sobre nadie podrá nunca tener el que no miente? les diría:
"Estáis sanos aún. Conservaos sanos. No hagáis política. Pensad que es muy difícil hacer política sin deshacer la patria sin deshacer la humanidad, que es la patria verdadera de los hombres. Pensad que es muy fácil hacer humanidad trabajando sencillamente en vuestro oficio. ¿Sois médicos? Aprended a curar. ¿Sois ingenieros? Aprended a construir. ¿Sois profesores? Aprended a enseñar. ¿Sois poetas? Aprended la vida. Pero no aprendáis a gobernar; tened lástima al mundo. No os inquietéis por vuestro país: el ambiente no permite ya sobre la tierra los Napoleones ni los Francisco Solano, y el mal que ocasionaréis en resignaros a no moralizar la política es insignificante al lado del enorme bien que haréis trabajando sencillamente en vuestro oficio. Trabajad, producid. Sois células normales. Conservaos normales, rechazad las adherencias con el cáncer; rechazadlas, y proliferaréis, porque la realidad es buena. Formaréis vastos tejidos de salud, y el cáncer irá secando sus raíces. Si os molestan, protestad, pero desde casa. Si no os dejan trabajar, id a trabajar a otra parte. El que trabaja no es extranjero en ningún sitio, y además, como decía Ganivet, una nación suele ser más grande por los hijos que se van que por los que se quedan. No desesperéis. La política paraguaya es el colmo de la virtud, si se la compara con la de los Estados Unidos, donde salen los ciudadanos de presidio y ocupan el sitial de juez. Y sin embargo Norte América es Norte América... ¿por qué? Porque la inmensa mayoría de los norteamericanos ha vuelto su robusta espalda a la política, y han trabajado sencillamente en su oficio. Han cortado las adherencias con el cáncer, y el cáncer se ha convertido en quiste... ¡Oh! el más inofensivo de los quistes, un tumorcillo que rueda bajo la piel, lejos del corazón, lejos del cerebro...".
Si yo tuviera influencia sobre los estudiantes.
(El Nacional, 25 de abril de 1910)
EMIGRACION
El Paraguay ofrece un ejemplo único; es un país americano que se despuebla.
Decía Alberdi: "El ministro de estado que no duplica el censo de estos pueblos cada diez años ha perdido el tiempo en bagatelas y nimiedades".
¿Qué diría Alberdi ¡hoy! de un pueblo de América que en diez años, ha perdido no sólo el tiempo, sino la cuarta parte de sus hijos útiles?
No diría nada. Se negaría a creerlo.
Sin embargo, la emigración paraguaya, en la última década, se estima en ciento veinte o ciento treinta mil personas.
Ojalá no sea tanto... Ritter dice que la emigración continúa, y nos explica por qué. Los campesinos paraguayos huyen de su patria como huirían del infierno. Para ellos la paz es más mortífera que la guerra. El doctorcillo les despoja de su propiedad, el oficialete les acarrea al cuartel, les azota o les lleva al degüello; el "caraí" le viola sus hijas. Escapan si pueden, y hacen bien. Es por el momento la sola forma posible de rebelión: ¡emigrar!
Hacen bien, los que son bastante enérgicos para irse. Hacen bien en desesperarse y llorar por vez postrera sobre las ruinas de su labor. Hacen bien en abandonar este jardín desolado, en dejar que se coman el Paraguay los yuyos, las víboras, los políticos. Hacen muy bien en irse a donde la tierra sea más dura y los hombres menos crueles, a donde no haya que luchar sino contra los caprichos del cielo y la aspereza de los campos, a donde tengan la esperanza de que brote y se levante al sol lo que siembren...
¡Hacen bien...! Cuantos más emigren, mejor. El derecho supremo es vivir, y cuando no se puede vivir en un sitio, el deber supremo es irse a vivir a otra parte.
(El Nacional, 2 de julio de 1910)
(De: Obras Completas, vol. IV [Textos inéditos y olvidados...], ed. Miguel Angel Fernández, 1990)
Zenón Bogado Rolón
(Guairá, 1954)
Poeta (de versos en guaraní) e investigador cultural. Miembro de la Sociedad de Artistas y Escritores Guaraníes y activo luchador en pro de la cultura indígena, Zenón Bogado Rolón es co-autor de Koé rory (1978) un poemario colectivo (en colaboración con Juan B. Jiménez y Víctor Benítez) y autor de Ayvu Pumbasy / Música de la palabra (1994), un poemario bilingüe, y de tres colecciones de poemas en guaraní: Tomimbi (1990), To-vera (1990) y Toyayái (1992), respectivamente.
NDÉ TU
Karaí Félix de Guarania a don Félix de Guarania,
ñeetyguá arandúpe sabio morador del
jardín de la Palabra
Ndé reñandu Tú sientes
Ñembyahyi, Hambre,
Mbaasy, Enfermedad,
Mboriahu, Miseria,
Tekoapyti. Esclavitud.
Ndé rehecha Tú ves
Ñemboyke, Marginaciones,
Jejahei, Insultos,
Ñenupa, Golpes,
Ñemose, Desarraigos,
Ha opaite mbae Todo lo que
Tekove Ensucia
Omongyáva La vida.
Ndé rehendu Tú oyes
Ñee, Palabras,
Tase, Llantos,
Jaheo, Lamentos,
Sapukai Gritos
Ha pochy. Y rabia.
Ndé rehetu Tú hueles
Syva, Frentes,
Juru, Bocas,
Pytu, Alientos,
Apyngua, Narices,
Nambi, Orejas,
Pire, Piel,
Too, Carne,
Tuguy, Sangre,
Tuju Barro
Rykue nero. Podrido.
Ndé, Tú,
Péicha reiko Así existes
Koe, Mañana,
Asaje, Tarde,
Kaaru, Crepúsculo,
Pyhare, Y noche,
Ha ita hoa Y una piedra cae
Ombotyai Enturbiando
Ne koraso ykua. La clara fuente
De tu corazón.
Ne rembikuaá La raíz
Rapo, De tu conocer,
Ndé ruguy rape La senda de tu sangre
Ipoty jera sarambi Florece suelta y dispersa
Ñande ypykue mayma Sobre la vida
Rekove ári: De nuestras multitudes
[ancestrales:
Pai Tavytera, Maskoi, Pai Tavytera, Maskoi,
Ava Chiripa, Nivaclé, Ava Chiripa, Nivacle,
Mbya Guarani, Chulupi, Mbya Guaraní, Chulupi,
Ache Guajaki, Maka, Ache Guajaki, Maka,
Ava Apytere, Choroti, Ava Apytere, Choroti,
Lengua, Guana, Angaite, Lengua, Guana, Angaite,
Sanapana, Chamakoko, Sanapana, Chamakoko,
Moro ha Toba Moro y Toba
Mbiayuhei rembipotápe, Mbiayuhei en su deseo,
Hemimo ame, En su juicio,
Hembiroviápe, En su creencia,
Iñea kuápe... En la honda gruta de su alma...
Ha ndé reipota, Y tú, deseando,
Rehaaro, Esperando,
Reikuaá Sabes
Oipeju aguiba Que viene soplando
Yvytu pyahu Un viento nuevo
Resai, piroy, Sano y fresco,
Tetayguá opavave Aurora, libertad, aliento
Koejú savey pytura. [venidero
Del ser humano.
(De: Tomimbi, 1990; traducción de Tracy Lewis)
Esteban Cabañas
(Concepción, 1937)
Artista plástico, poeta, narrador y dramaturgo. Aunque arquitecto de profesión, Esteban Cabañas seudónimo con el que el conocido pintor Carlos Colombino firma habitualmente sus obras literarias es autor de varios poemarios que incluyen, entre otros: Los monstruos vanos (1964), El tiempo, ese círculo (1979), Los cuatro lindes (1981), Desentierro (1982) y Premoniciones (1986). Cabañas-Colombino también es autor de Momento para tres (1981), una breve pieza teatral (escrita en 1958), y de dos novelas: De lo dulce y lo turbio (1997) y El dedo trémulo (2002; Premio Municipal de Literatura), su obra más reciente.
RECONOCE LA MASCARA
La palabra es la casa del ser.
HEIDEGUER
Reconoce la máscara
al hundir su boca
en esa oscuridad
sin palabras
que el ser no tiene casa
sino tan sólo la mueca
ese recuerdo del hastío
huella de alguna vez
de un viento de ironía
de algún beso
de algún verano que pasó la tarde
rumiando su historia entre los árboles.
Pero esa boca
de pena se desgaja
de lugar en lugar
buscando el sitio
de su casa perfecta.
La maldición es vasta:
también se sabe
condenada a la búsqueda.
SOMBRA DE TIGRE...
Sombra de tigre y de sabueso
rostro de tirano
el dedo que detiene la tormenta
se enreda y adelgaza
para formar un filo:
el puñal que asegure
tu corazón furtivo
sobre el propio estandarte
de un sueño despeñado.
SOBRE EL CUERPO...
Sobre el cuerpo del aire
un paso que desanda
otoños ateridos y palomas de piedra.
Una antigua tristeza se apretuja
para poner su nido en la palabra
deshojada en el temblor del día
en el desvencijado armazón
de esta premura
en la caída de un sueño
sobre el tumulto de la noche
entre los árboles quemados.
Pandorga atrapada por sus propios hilos
con el papel sangrando
con retazos de un vuelo
destrozado:
aquel que inventa siempre
un rostro diferente
y le clava en los ojos
su última mirada.
(De: Premoniciones, 1986)
Hérib Campos Cervera
(Asunción, 1905 - Buenos Aires, 1953)
Poeta y periodista. Considerado el poeta más importante de la "generación del 40", Hérib Campos Cervera es también uno de los padres, junto a Gabriel Casaccia en narrativa y a Julio Correa en teatro, de la literatura paraguaya contemporánea. Obligado a dejar su país por circunstancias políticas en 1947, varios de sus poemas reflejan la nostalgia por su tierra natal y el dolor implícito en su condición de exiliado en Buenos Aires, donde residió hasta su inesperada muerte en 1953. Un año antes había escrito una obra teatral, Juan Hachero, que la completó en cinco días (5-9 de diciembre, 1952). Aunque sólo tiene dos libros de poesía, Ceniza redimida (1950) y Hombre secreto (publicado póstumamente en 1966), su influencia ha sido decisiva en la literatura paraguaya en general, y profunda en la obra de dos conocidos escritores contemporáneos: Elvio Romero y Augusto Roa Bastos. De aparición póstuma más reciente son sus Poesías completas y otros textos (edición a cargo de Miguel Angel Fernández), libro publicado por Editorial El Lector en 1996 y obra que incluye Juan Hachero, además de varios otros textos hasta entonces inéditos.
UN PUÑADO DE TIERRA
I
Un puñado de tierra
de tu profunda latitud;
de tu nivel de soledad perenne;
de tu frente de greda
cargada de sollozos germinales.
Un puñado de tierra,
con el cariño simple de sus sales
y su desamparada dulzura de raíces.
Un puñado de tierra que lleve entre sus labios
la sonrisa y la sangre de tus muertos.
Un puñado de tierra
para arrimar a su encendido número
todo el frío que viene del tiempo de morir.
Y algún resto de sombra de tu lenta arboleda
para que me custodie los párpados de sueño.
Quise de Ti tu noche de azahares;
quise tu meridiano caliente y forestal;
quise los alimentos minerales que pueblan
los duros litorales de tu cuerpo enterrado,
y quise la madera de tu pecho.
Eso quise de Ti
Patria de mi alegría y de mi duelo;
eso quise de Ti.
II
Ahora estoy de nuevo desnudo.
Desnudo y desolado
sobre un acantilado de recuerdos;
perdido entre recodos de tinieblas.
Desnudo y desolado;
lejos del firme símbolo de tu sangre.
Lejos.
No tengo ya el remoto jazmín de tus estrellas,
ni el asedio nocturno de tus selvas.
Nada: ni tus días de guitarra y cuchillos,
ni la desmemoriada claridad de tu cielo.
Solo como una piedra o como un grito
te nombre y, cuando busco
volver a la estatura de tu nombre,
sé que la Piedra es piedra y que el Agua del río
huye de tu abrumada cintura y que los pájaros
usan el alto amparo del árbol humillado
como un derrumbadero de su canto y sus alas.
III
Pero así caminando, bajo nubes distintas,
sobre los fabricados perfiles de otros pueblos,
de golpe te recobro.
Por entre soledades invencibles,
o por ciegos caminos de música y trigales,
descubro que te extiendes largamente a mi lado,
con tu martirizada corona y con tu limpio
recuerdo de guaranias y naranjos.
Estás en mí: caminas con mis pasos,
hablas por mi garganta; te yergues en mi cal
y mueres, cuando muero, cada noche.
Estás en mí con todas tus banderas;
con tus honestas manos labradoras
y tu pequeña luna irremediable.
Inevitablemente
con la puntual constancia de las constelaciones,
vienen a mí, presentes y telúricas:
tu cabellera torrencial de lluvias,
tu nostalgia marítima y tu inmensa
pesadumbre de llanuras sedientas.
Me habitas y te habito:
sumergido en tus llagas,
yo vigilo tu frente que muriendo, amanece.
Estoy en paz contigo;
ni los cuervos ni el odio
me pueden cercenar de tu cintura:
yo sé que estoy llevando tu Raíz y tu Suma
sobre la cordillera de mis hombros.
Un puñado de tierra:
Eso quise de Ti
y eso tengo de Ti.
(De: Ceniza redimida, 1950)
PEQUEÑA LETANIA EN VOZ BAJA
Para el recuerdo de Roque Molinari Laurin.
Donde estuviere.
Elegiré una Piedra.
Y un árbol.
Y una Nube.
Y gritaré tu nombre
hasta que el aire ciego que te lleva
me escuche.
(En voz baja.)
Golpearé la pequeña ventana del rocío;
extenderé un cordaje de cáñamo y resinas;
levantaré tu lino marinero
hasta el Viento Primero de tu Signo,
para que el Mar te nombre.
(En voz baja.)
Te lloran: cuatro pájaros;
un agobio de niños y de títeres;
los jazmines nocturnos de un patio paraguayo.
Y una guitarra coplera.
(En voz baja.)
Te llaman:
todo lo que es humilde bajo el cielo;
la inocencia de un pedazo de pan;
el puñado de sal que se derrama
sobre el mantel de un pobre;
la mirada sumisa de un caballo,
y un perro abandonado.
Y una carta.
(En voz baja.)
Yo también te he llamado,
en mi noche de altura y de azahares.
(En voz baja.)
Sólo tu soledad de ahora y siempre
te llamará, en la noche y en el día.
En voz alta.
ENVIO
Hermano:
te buscaré detrás de las esquinas.
Y no estarás.
Te buscaré en la nube de los pájaros.
Y no estarás.
Te buscaré en la mano de un mendigo.
Y no estarás.
Te buscaré también
en la Inicial Dorada de un Libro de Oraciones.
Y no estarás.
Te buscaré en la noche de los gnomos.
Y no estarás.
Te buscaré en el aire de una caja de músicas.
Y no estarás.
(Te buscaré en los ojos de los Niños.
Y allí estarás.)
(1948)
(De: Ceniza redimida, 1950)
PALABRAS DEL HOMBRE SECRETO
Hay un grito de muros hostiles y sin término;
hay un lamento ciego de músicas perdidas;
hay un cansado abismo de ventanas abiertas
hacia un cielo de pájaros;
hay un reloj sonámbulo
que desteje sin pausa sus horas amarillas,
llamando a penitencia y confesión.
Todo cae a lo largo de la sangre y el duelo:
mueren las mariposas y los gritos se van.
Y yo, de pie y mirando la mañana de abril!
Mirando cómo crece la construcción del tiempo:
sintiendo que a empujones
me voy hacia el cariño de la sal marinera,
donde en los doce tímpanos del caracol celeste
gotean eternamente los caldos de la sed!
¡Dios mío! Si no quiero otra cosa
que aquello que ya tuve y he dejado,
esas cuatro paredes desnudas y absolutas;
esa manera inmensa de estar solo, royendo
la madera de mi propio silencio
o labrando los clavos de mi cruz.
¡Ay, Dios mío!
Estoy caído en álgidos agujeros de brumas.
Estoy como un ladrón que se roba a sí mismo;
sin lágrimas; sin nada que signifique nada;
muriendo de la muerte que no tengo;
desenterrando larvas, maderas y palabras
y papeles vencidos;
cayendo de la altura de mi nombre,
como una destrozada bandera que no tiene soldados;
muerto de estar viviendo de día y en otoño,
esta desmemoriada cosecha de naufragios.
Y sé que al fin de cuentas se me trasluce el pecho,
hasta verse el jadeo de los huesos, mordidos
por los agrios metales de frías herramientas.
Sé que toda la arena que levanta mi mano
se vuelve, de puntillas, irremisiblemente,
a las bodegas últimas
donde yacen los vinos inservibles
y se engendran las heces del vinagre final.
¡Cuánto mejor sería no haber llegado a tanto!
No haber subido nunca por el aire de Abril,
o haber adivinado que este llevar los ojos
como una piedra helada fuera lo irremediable
para un hombre tan triste como yo!
Dios mío: si creyeras que blasfemo,
ponme una mano tuya sobre un hombro
y déjame que caiga de este amor sin sosiego,
hacia el aire de pájaros y la pared desnuda
de mi desamparada soledad!
(1951)
(De: Hombre secreto, 1966)
Jorge Canese
(Asunción, 1947)
Poeta y narrador. Médico de profesión y profesor de la Facultad de Ciencias Médicas de Asunción, Canese integra la denominada "promoción del 70" y ha estado viculado a la segunda época de la Revista Criterio (1976-77). De sus numerosos poemarios publicados se destacan los siguientes títulos: Más poesía (1977), Esperando el viento (1981), Paloma blanca, paloma negra (1982) uno de los pocos libros censurados y secuestrados (durante la dictadura de Stroessner) el mismo año de su publicación, Aháta aju (1984), De guau [La gente no cambia] (1986), Kantos del akantilado (1987), Alegrías del purgatorio (1989), Indios-go-home/Accidentes en la vía húmeda (1994) breve edición con dos textos que lleva, apropiadamente, doble título y Amor puro y sincero (1995). En narrativa es autor de ¿Así-no-vale? (cuentos; 1987), Stroessner roto (novela; 1989), Papeles de Lucy-fer (género mixto: novela-poesía-ensayo; 1992), En el País de las Mujeres (cuentos; 1995), Apología a una silla de ruedas (1995), librito que reúne cuatro breves ensayos satírico-paródicos sobre la problemática nacional, y Los halcones rosados (novela; 1998). Canese es también iniciador y editor de "Ediciones de entrecasa", editorial fundada en 1993 pero presentada públicamente con sus primeros tres lanzamientos en febrero de 1997.
¡A CALLAR!
Aprendí a callar,
a sonreír
cuando era absolutamente necesario,
a correr, a no sentir,
a amar sin que se note,
a comer sin placer,
a olvidar pronto,
a vivir solo,
a pensar en los demás
para no pensar en uno mismo
y a rezar para no despertarme,
porque a veces
(aún a pesar de todo)
a uno le entran ganas de vivir
y como el monstruo sigue firme
a nuestro lado
no nos queda más remedio que olvidar
y recurrir a la oración,
al maratonismo y al silencio
para seguir huyendo y temiendo,
para no pensar
que algún día
las cosas puedan ser de otra manera.
(De: Luis María Martínez, ed., El trino soterrado, vol. II, 1986)
A TODA MAQUINA
Escribo.
Yo no sé, no quisiera
(centellazo amarillo),
hay un semáforo que empuja,
son mis monstruos queridos
que llegan cabalgando en patas de viento
(¡este empalagoso apego por los monstruos sagrados!).
Tranquilos, muchachos, no alboroten,
que así no sale nada.
En fin (primer intento): escribo,
a toda máquina
quisiera contarles mi vida,
mis muertos
teñidos siempre de negro, de verde.
No sé. El mundo que nos queda (ya lo dije)
no es nuestro.
Escribo: adiós,
amarillo a toda máquina.
FINAL DEL SIGLO 20
Mancho mi nombre,
desciendo exprofeso a los infiernos
para mirar desde aquí tu nada,
tu silencio atragantado.
¡Salvarse!, vaya pretensión orgullosa.
Final del siglo 20:
el botón de retroceso no responde
y parado
espero una caricia que nunca llegará
porque no existe,
porque estoy perdidamente equivocado.
Monigotes.
Múltiples monigotes, camafeos,
cuadrúpedos alados,
insectos de conventillo.
Mentiras. Pavadas.
Mañana. Vení mañana,
que te preparo té inglés con tostadas y todo.
(De: Aháta aju, 1984)
Gladys Carmagnola
(Guarambaré, 1939)
Poeta y docente. Miembro de la Sociedad de Escritores y del Pen Club del Paraguay, ha publicado una decena de libros de poesía, varios poemarios conmemorativos (1979, 1982 y 1988) y parte de su obra ha sido incluida en diversas antologías y publicaciones literarias tanto nacionales como extranjeras. Aunque se ha dedicado a la creación poética desde muy joven, sus primeros libros publicados fueron considerados de "poesía infantil" y son: Ojitos negros (1965), Navidad (1966), Piolín (1979 y 1985) y Lunas de harina (1999). Sus poemarios posteriores, "para adultos", incluyen: Lazo esencial (1982), A la intemperie (1984) obra donde recoge algunos de sus primeros poemas, de comienzos de la década del 60, Igual que en las capueras (1989), distinguida con el Premio de Poesía "José María Heredia" de la Asociación de Críticos de Arte de Miami, Estados Unidos (1985), De-positaria infiel (1992), poemario ganador del Premio (único) de Poesía del Instituto Cultural Paraguayo-Alemán (1992), Un sorbo de agua fresca (1995; Premio El Lector), obra que le ganó en 1996 el Premio Municipal de Literatura, compartido ese mismo año con Jacobo Rauskin (por su libro de poemas Fogata y dormidero de caminantes aparecido en 1994), Territorio Esmeralda (1997), Un verdadero hogar (1998), Banderas y señales (1999) y Río Blanco y antiguo (2002). Tiene también un par de libros inéditos: Para reconocernos como hermanos, obra finalista en el concurso poético del Ateneo Casablanca, de Córdoba, España (1989), y Ceniza y llamarada, obra que obtuvo el accésit en el Concurso Quinto Centenario convocado por la Embajada de España en Paraguay (1990). Además de su prolífica producción poética, Gladys Carmagnola es editora de las colecciones de poesía infantil Corcel y Piolín.
A LA INTEMPERIE
Deja en mi reposo una flor.
A mí, déjame afuera.
No amo encierros de cárcel.
Yo quisiera
quedar así nomás
con besos de luciérnagas
y lluvias en la cara.
Entonces sí todo valdría la pena
y que tal vez el viento me llevara
ceniza ya; y que tú comprendieras
que si he dejado el alma a la intemperie
preferiré seguir de la misma manera.
Entierra ya el jazmín.
A mí, déjame afuera.
(1965)
NOSTALGIA
¿Por qué este aroma que me trae el viento
me inunda de nostalgia, de recuerdos?
(Pétalo azul,
agua,
ternura,
cielo...)
Aquel amor
¿fue amor?
¿ha sido todo cierto?
Este aroma que vive desde entonces
¿es auténtico?
(1967)
PARA DECIR AMOR
Para decir amor necesitamos
despojarnos de sílabas impuras;
abrir la realidad, y de su entraña
elegir de entre todas las verdades, tal vez una.
Para decir amor ¿ayuda comprender
que el ser tiene sus letras ineludiblemente ocultas
en la brutal certeza de una palabra
hecha de tierra oscura?
Para decir amor necesitamos vivir.
(Y vivir no es hacer con nuestras dudas un paquete al
[cual dar pronta y piadosa sepultura,
sino entender que aunque enterremos todas
habrán quedado siempre varias insepultas.)
Para decir amor...
¿Decir?
¿Amor?
¿Y por qué no aceptar esta verdad
sin evasivas, sin rebeldías turbias,
sin
excusas?
¿Por qué sencillamente no aprendemos a amar
mientras vivimos esta larga búsqueda?
(1981)
CONFESION
Sí.
Yo llamé a tu puerta día tras día
y mendigué cuanto pudieras darme
como una pordiosera.
¿Por qué hablo en pasado?
Todavía
tiendo mi mano a ti cuando la tarde
disimula mi angustia y mi vergüenza.
Te amo más que nunca
y tu avaricia me duele siempre igual;
pero dejarte,
yo,
Poesía,
¿dejarte?
¡Muerta!
(1982)
(De: A la intemperie, 1984)
COMO SI NADA
Entonces Dios andaba
llenando todos los rincones de la casa.
Cuánta paciencia. Sí, Señor, cuánta paciencia:
ir y venir, así, como si nada...
mientras crecían las hojas,
se hacían fuertes las ramas
y el Río seguía su curso
con su corriente clara.
Hoy sé que no es posible
volver atrás las páginas
salvo para encontrar que cada letra
ha sido utilizada
para dar forma a ese vocablo justo,
a esa oración exacta.
El riesgo, en oportuna y justa dosis,
fecundó la semilla y la hizo planta.
Sin pruebas: bajo el sol, multplicado
en flores, frutos, ramas,
se evidencia que fue creciendo lentamente
con el caudal del Río, el de la palabra.
Por eso. Y es mejor así: el hoy es hoy.
El ayer aún existe. Ya llegará el mañana.
OLVIDO
Prehistórico río-vida, antiguo río-amor, reciente
río-desdicha:
aquí o allá, de un lado a otro,
inclaudicable, fiel, ineludible, vas conmigo.
Y voy en ti, a ti libre amarrada
con ese amor de entonces:
sabor de pan y olor de mandarinas,
de lirios blancos, de garúa finísima,
de guantes de algodón y de banderas
blancas...
Sigues el mismo. Y serás igual
cuando llegue a la aldaba
y llame
nuevamente a la puerta
sin prisa, sin testigos,
ya sin miedo ni amarras,
a ver si te me abres de tal modo
que, abandonando algunos hábitos y ritos,
andemos juntos
viejos camaradas,
nuevamente juntos
la oscura primavera del olvido
que letra a letra
definitivamente con nosotros vaya
no al Mar de la Tranquilidad
ni al océano de los despojos
sino a la tierra firme,
prometida comarca,
donde después del largo viaje,
pueda, por fin tranquila, echar las anclas.
(De: Río Blanco y antiguo, 2002)
Gabriel Casaccia
(Asunción, 1907 - Buenos Aires, 1980)
Cuentista, novelista, dramaturgo y periodista. Considerado el fundador de la narrativa paraguaya contemporánea, Casaccia vivió la mayor parte de su vida en la Argentina, donde también escribió y publicó casi todas sus obras y donde falleció en noviembre de 1980. El total de su producción literaria consta de diez títulos que incluyen siete novelas, dos colecciones de cuentos El Guajhú (1983) y El pozo (1947) y una obra de teatro en un lapso de cincuenta años: en 1930 apareció Hombres, mujeres y fantoches, su primera novela, y en 1980, pocos días antes de su muerte, terminó el manuscrito de Los Huertas (novela publicada póstumamente en 1981), su último libro. Sus obras más importantes son tres novelas: La babosa (1952), La llaga (1963) y Los exiliados (1966), dos de las cuales (La llaga y Los exiliados) han sido premiadas en concursos internacionales. Su única obra no publicada en Buenos Aires, Los herederos, apareció en España en 1975.
LA FUGA
Se sentó y enseguida se levantó. Caminó un rato por la pieza. Parecía que dudaba entre salir y quedarse. Daba la impresión de que estaba impaciente e intranquilo. Fue hasta la puerta y quedóse un rato indeciso con el picaporte en la mano. Era una mano larga, flaca y llena de manchas. Giró a medias el picaporte y vacilando lo soltó. Se llevó la mano derecha a la boca para atusarse un bigote inexistente. Entonces recordó que esa mañana en casa de Olazábal, donde se había cambiado apresuradamente sus ropas de militar por un traje que le prestó su amigo, se afeitó los bigotes para desfigurar en parte su rostro tan conocido en Asunción. Sus ojos negros, pestañudos, miraban hacia adelante como alelados. De pronto, su mirada perdió esa expresión de vaguedad, y se fijó en la lámpara que estaba sobre la mesa, como si la viese por primera vez. Lo que más le gustaba de esa lámpara era su pie de porcelana con flores en relieve. Era una antigua lámpara de kerosén transformada en lámpara eléctrica. Esa lámpara estuvo muchos años en la sala de su tía Juanita, una solterona amable y conversadora, que se la obsequió cuando lo ascendieron a capitán. Las veces que iba a casa de su tía ponderaba esa lámpara, y tantas veces lo hizo, que su tía lo interpretó como una forma discreta de pedírsela, y se la regaló. Pero era una torpeza y pérdida de tiempo que en este momento se pusiera a pensar en cosas ajenas a su crítica situación. Debía tomar una resolución, o esconderse unos días, o ahora mismo, aprovechando la oscuridad de la noche, cruzar la ciudad e ir hasta el río a embarcarse en un bote que lo llevase a tierra extranjera... Creyó oír los pasos del centinela que durante tres años de prisión, hasta el día anterior, pasaba y volvía a pasar por delante de la puerta de su celda. Noche y día, día y noche. Se había repetido tanto ese ir y venir, que ahora, ya lejos de la prisión, aún lo creía oír. Tres años preso es mucho tiempo para que no dejen huellas profundas en el espíritu y en la memoria, y uno no se lleve consigo esos recuerdos adonde vaya. Tal vez nunca más se le borrasen. Viviría el resto de sus días como rodeado siempre por los cuatro muros de la celda... Fue una imprudencia, que podría comprometer a Olazábal, haberle dejado su uniforme. Olazábal no era militar, y si la policía encontraba un uniforme en su casa enseguida sospecharía que era el suyo y con los interrogatorios conseguirían el resto. Seguro que la casa de Olazábal sería el primer sitio adonde caería la policía, a husmearlo y escarbarlo todo, como perros que buscan un hueso. Le hablaría por teléfono, pero el teléfono que solía estar sobre aquella mesita, no estaba. ¡Claro! Después de tres años sin nadie que pagase las facturas, lo habrían retirado. No se puede estar tres años preso y a la vez conservar el teléfono, a no ser que alguien lo pague. De nuevo le pareció oír los pasos del centinela, tan precisos y fuertes resonaban, que Diego Almada abrió la puerta y se asomó a mirar afuera. Una oscuridad profunda se extendía más allá de la puerta, tan honda como si estuviese en el borde de un abismo sin fondo. Una oscuridad verdaderamente impresionante como no la había visto en toda su vida... Olazábal no era tonto, y ya habría hecho algo con el uniforme. Durante un año había planeado esta fuga con Olazábal, todos los detalles, uno por uno. Lo más difícil fue descolgarse por el alto muro con la cuerda que Olazábal había conseguido hacerle llegar por medio de esa chipera que vendía chipá y asucapé en la cárcel. Pero lo que más facilitó su huida fue el uniforme que llevaba puesto. Eso sí que era algo incomprensible y a la vez providencial que le permitieran usar su uniforme en la prisión. Con el uniforme, los soldados y guardias lo tomaron por un jefe de los tantos que andaban por allí... Al dar unos pasos le pareció tropezar con la banqueta de la prisión. Se agachó para recogerla y entonces advirtió que era una pequeña silla baja de la salita. La había confundido con la banqueta. No se liberaría nunca de ese pasado odioso. Cualquier objeto, cualquier ruido los confundía con recuerdos de sus tres años de encierro. De seguir viviendo así mejor era volver otra vez a la prisión, porque su libertad era aparente... Al meter la mano en uno de los bolsillos del saco de Olazábal encontró un papel. Era el recorte de una hoja de diario. Lo desdobló y leyó un título a tres columnas. "El capitán Diego Almada se fugó de la prisión. Se espera detenerlo de un momento a otro". Y luego se relataba de cómo había escapado y se referían sus antecedentes de peligroso conspirador político. Muchos datos de la fuga eran inexactos, inventados por el cronista. Estaba recortado de un número de La Tribuna del cinco de mayo, y hoy era cinco de julio. Eso lo sorprendió mucho a Almada, porque esa crónica narraba su fuga de la noche antes como si hubiese ocurrido dos meses atrás. ¡Qué extraño! Pero si la crónica a pesar de sus errores e inexactitudes de detalles fuera exacta en cuanto a la fecha, ¿dónde había estado durante esos dos meses, entre el momento de su fuga y la llegada esta noche a su casa? Se le ocurrió que si su fuga hubiese ocurrido dos meses atrás no podría recordar con la precisión con que recordaba el empleo de su tiempo en el día de ayer, minuto a minuto. Se había levantado a las seis de la mañana al toque de la campana; luego había ido, con otros presos políticos, al retrete y a lavarse en unas piletas en el patio. Después, tomó su mate cocido con un pedazo de pan duro como piedra. Media hora de recreo, etc., etc. Pero de pronto se turbó porque todo lo que hizo la víspera de su fuga pudo hacerlo dos meses atrás, porque durante los tres años de prisión todos los días fueron iguales, repetidos, y no podía decir cuál era anterior o posterior. Desde el primero al último todos con el mismo calor, las mismas miserias y las mismas palabras. Recogió el recorte que había dejado caer al suelo. Comenzó a leerlo de nuevo. Podía ser también otro capitán Almada. En Asunción había otros Almadas, y como en la crónica daban dos o tres detalles que no coincidían con lo sucedido en su fuga, podía tratarse de otro escapado. El no había amordazado ni desnudado a un guardia para vestirse con su uniforme y confundirse con los otros guardias. Sin duda que no se trataba de su fuga, sino de la de otro Diego Almada, también capitán como él. Otro Almada que había huido de la prisión dos meses antes... Creyó oír de nuevo los pasos del centinela. Lo obsesionaba y torturaba ese recuerdo. Su vida estaba ya rota, herida para siempre por esa sensación infame del centinela pasando y repasando por delante de su puerta. Donde fuese lo perseguiría ese recuerdo hediondo. Le sería imposible vivir con ese recuerdo, porque la verdad es que hay recuerdos que corrompen toda una vida y a los cuales sólo se los puede borrar borrándose uno del mundo. Y el capitán Almada sacó del bolsillo de su pantalón una lima, cuya punta la había ido afilando, y afilando, en esos tres años de prisión, hasta ponerla aguda como un alfiler. La llevaba consigo tal vez con la idea subconsciente de que llegaría este momento. Creyó oír ruido detrás de la puerta. Posiblemente lo estarían esperando afuera para apresarlo nuevamente. Recordó que el diario decía que esperaban detenerlo de un momento a otro. Tenía que liberarse de esa persecución. Borrarla definitivamente con la punta de la lima. Se abrió la camisa. Sobre el pecho desnudo, en el sitio del corazón, apareció un pequeño círculo rojo. Lo miró asombrado. No recordaba haberlo visto antes. Podría ser que se lo hubiese dibujado en la prisión mientras afilaba pacientemente su lima, en todo ese tiempo que estuvo preso. Se arrodilló, apoyó la punta de la lima en el centro del círculo rojo y sintió como la punta afinada penetraba lentamente en su carne, sin dolor, sin perder una gota de sangre, como si la lima no lo hiriese, como si en lugar de ser un hecho terrible fuera un juego. Y de pronto comenzó a sonar desesperadamente el teléfono. El capitán Almada comprendió que era Olazábal que, angustiado por su preocupación de que encontrasen el uniforme, lo llamaba para avisarle que lo había quemado. Como no tenía fuerzas para levantarse, extendió una mano en dirección del teléfono, y al querer agarrarlo, cayó de espaldas. Fue en ese momento que recordó que ese dibujo en el pecho no se lo pintó en la prisión, sino cuando niño, con la misma tinta roja con que hacía sus deberes de escolar un día en que jugando quiso saber el sitio en que tenía el corazón.
(De: El pozo, 1947)
Mario Casartelli
(Asunción, 1954)
Poeta, músico y dibujante. Miembro de la denominada "promoción del 80", hasta la fecha ha publicado cinco poemarios: La rosa de tus días (1982), Contrapunto (1988; Premio El Lector), Sagrada irreverencia (1993; Premio El Lector), Monodia del verano (1993), bajo el pseudónimo de
Braulio Gamarra, y Acuérdate que te espero (1996). Este último libro reúne medio centenar de poemas amorosos, seis de los cuales ya habían aparecido en algunos de sus volúmenes anteriores. Como cantante y compositor musical, editó en 1985 la cinta Según el color del cristal. En 1992 obtuvo el Segundo Premio con su canción "A un hermano del futuro", en el concurso de la composición nacional "José Asunción Flores". También es dibujante, caricaturista y humorista gráfico, y desde hace mucho se desempeña como tal en el diario vespertino Ultima Hora.SALVACION
Un hombre acorralado
por silla, mesa, radio y otras cosas;
con angina de angustias en el pecho
una culpa, quizás, o una tristeza,
y no con la ilusión de la esperanza
sino con la desfalleciente voluntad
del náufrago en las olas
que siente que se agotan sus brazadas
aún lejos de la orilla;
un hombre acorralado entre paredes,
con plena certidumbre
de que en nada le ayuda salir hacia las calles,
intenta hallar alivio en las palabras
o en la meditación.
Pero fracasa.
Y al asomar su rostro a la ventana
a ver si alguna luz del horizonte
le guarda entre la niebla algún consuelo,
ignora que sus lágrimas ya inician
la lenta salvación.
(De: Contrapunto, 1988)
VERTEDERO
Cuando niño, se escapaba algunas siestas para hurgar en el vertedero de basuras del barrio, de donde surgían muñecas rosadas sin brazos, novelas deshojadas de amor, pelotas para siempre desinfladas y, en fin, otras cosas menos dignas de mención. Moscas infaltables danzaban felices en ese reino de inmundicias. Pero él vivía la aventura como un cuento mágico.
El otro rostro de la realidad quiso una tarde que sus blandos pies probaran sin querer el borde roto de una taza de porcelana. Más que el susto enojoso de su padre se le grabó, indeleble en el pecho, esa mirada cargada de afecto que desde entonces lo acompañó como si fuese un Angel de la Guarda. Quizá por eso nunca cedió a las advertencias de peligro. Una mañana preguntó a su madre por su destartalado camioncito de madera. Y ella le respondió que el recolector de basuras se lo había llevado.
Esa misma siesta fue a buscar aquel juguete. Y, luego de su paciente búsqueda de aguja en un pajar, lo encontró entre los interminables desechos. Mamá tenía razón: tan maltrecho estaba el camioncito que hubiese sido inútil cualquier intento de reparación. De modo que lo más acertado era dejarlo allí. Resignado, sintió que un pedazo de sí se desprendía para siempre. Y recordó que sus mayores solían decir que todo aquello que uno pierde lo recupera en el más allá. Pasó un día, una semana, y esa tenue esperanza fue apagada por el tiempo, cuando el tiempo se encargó de mudar el vertedero a otro sitio de la ciudad.
El barrio y el niño dejaron de ser niños, y sobre aquellos escombros creció una calle empedrada con casas relucientes.
Medio siglo después, otro niño en otro vertedero halló el retrato carcomido de un hombre envejecido. Nunca entendió por qué, en un fugaz parpadeo, creyó ver salir del retrato el es-pectro de un niño que iba al encuentro de un antiguo camioncito de madera.
(De: Sagrada irreverencia, 1993)
Víctor R. Casartelli(Puerto Pinasco, 1943)
Poeta. Ex-presidente y miembro de la Sociedad de Escritores del Paraguay, (SEP) y de la Academia de la Lengua, Víctor Casartelli ha desempeñado y sigue desempeñando una activa campaña de promoción cultural. Actualmente es agregado cultural de la Embajada de Paraguay en el Perú. Es autor de cuatro poemarios:
Todos los cielos (1987), su primer libro, La transparencia de los días (1990; Premio El Lector), La vida que vivimos (1992) y La emoción que no cesa (2001). Tiene también poemas publicados en revistas literarias y antologías nacionales y extranjeras.POESIA
a Li Tai Po, que estará
bebiendo vino en las estrellas
Esta pasión secreta que nos mueve
a descifrar los símbolos, los sueños,
para cifrar con ellos la certeza,
¿es pasión en verdad o es la quimera
de urdir algunos versos con la trama
del amor, el dolor y la belleza?
Temblando ante la flor que se abre al mundo;
extático ante el beso o la mirada
que se prodigan los amantes núbiles
o sollozando sobre el pecho frágil
de los desamparados,
mi propia voz responde,
malabarando el verbo que se vuelve
para mi corazón desguarnecido
canción a la hermosura,
saeta del amor,
amparo en la tormenta.
ENTRE EL PERRO Y EL NIÑO, UN CORDEL
a J. A. Rauskin
Pasan despacio y son dos perfiles distintos en la esparcida luz sobre la acera. Tampoco idéntica lumbre les fulge en la sien; porque aún está en ciernes la razón en el niño y desde siempre maduro el instinto en el perro. Pero entre ambos tiembla un nexo divino, que jamás será traílla ni soga opresora, sino simple cordón umbilical por donde fluye un diálogo secreto y discurren, invisibles, el candor y la pureza en deífico engarce: el cordel. "El niño lleva un perro", dicen. Pero es el perro quien delante guía y conduce. Y quien, cuando el aire gira regresante, en ademán alerta olfatea, huele, husmea y, de súbito, para. Ya levanta las orejas: observa, escucha, atiende. Y con suave tirón, tal vez caricia imperceptible, conduce al niño hacia otra vida, hasta aquélla que late escondida, guarecida, temerosa del fragor impiadoso de la carrera humana: entre rotos ladrillos de un muro en ruinas, algún insecto erige todavía el mundo verdadero. Y niño él, ahora con ojos tan abiertos de tanto azoro, ya es descubridor de un mundo cierto que nítido pervive entre el acoso de la arcilla transitoria.
Perro pastor, pastor lejano, sin rebaños que velar, vuelto acaso compañero apacible y misericorde, sin atisbo de asombro en sus pupilas, ahora velando un niño lúcido, plácido entre la inquieta jauría, allí donde la súplica es balido, y ladrido la palabra dura.
(De: Todos los cielos, 1987)
LUNA DE ASUNCION
Anocheces brillando en las cornisas
y en los buques dormidos en el puerto,
y amaneces marmórea, opacada
entre el claror del cielo allende el río.
IMAGEN RENOVADA
Cuando vengas al Sur
en busca del paraíso perdido,
no te olvides, viajero del norte,
de traer la filmadora
y la kodak instantánea,
pues no bastan los ojos
para mirar
la gracia de los niños
espiritados
que se afanan como limpiaparabrisas;
la burdel belleza de las adolescentes
tratadas;