PROLOGO

Los intentos de agrupar los distintos aspectos de la literatura paraguaya tienen precedentes lejanos en lo que va del siglo, concretados a la vez en dos contribuciones aparentemente circunstanciales y firmadas por paraguayos que actuaban fuera del país: Ignacio A. Pane (Santiago de Chile, 1902) y Ricardo Brugada h. (Río de Janeiro, 1903). Este ciclo rescata algunos nombres anteriores: Adolfo Decoud (1890), Fulgencio R. Moreno (1894), Manuel Gondra (1901). Otro sector se ha ocupado de la sistematización teórica y puede encontrarse en: Tristán Roca (1867), José Segundo Decoud (1884), Viriato Díaz-Pérez (1904), por no seguir más adelante en un recuento que toca nuestra época.

Y es la "mirada hacia atrás" la que ha permitido destruir algunos mitos que pueden concentrarse en estos andariveles: la ausencia de elementos guaraníticos, la abstracción del romanticismo, la "llegada tarde" al modernismo y por supuesto a las corrientes de vanguardia, especie de jarrones etruscos de una mitología que lo único que ha alimentado es la creencia -especialmente foránea- de una incurable minisvalidez del Paraguay, tanto en el plano de la creación como en el acceso a las respectivas modernidades, instaladas en tres tramos a lo largo de un siglo (1840-1940). La cuarta parece estar aún en camino.

Sólo advirtiendo la importancia de esa trayectoria podrá interpretarse en su verdadera magnitud el esfuerzo que en este Breve diccionario de la literatura paraguaya despliega la Dra. Teresa Méndez-Faith, complemento indudable del que publicara en 1983 el poeta, escritor, polígrafo y académico don Francisco Pérez-Maricevich, aunque restringido a una primera parte que, desgraciadamente, quedó en eso. Fuera de esos límites subsisten unos pocos ensayos interpretativos (Alsina, 1961; Vallejos, 1967) y el resto, entre lo que circula sin mucha asiduidad, es cronología, historia lineal, que no ayudan mucho a comprender, desde el ámbito nacional, la cuantiosidad de este proceso, desorientando a la vez al vecindario continental o al extranjero más o menos remoto, huérfano de visiones más concretas y actuales.

El Paraguay no ha permanecido indiferente -con referencia a la nación en sí- al conocimiento y recepción de las grandes corrientes literarias y mucho menos ha desechado insertarse en una universalidad de la cual los novecentistas fueron indiscutibles adelantados. Y si algún "retraso" se ha advertido no puede ser adjudicado ya a los jesuitas, al Dr. Francia, a la mediterraneidad y otros aditamentos, sino a las guerras mal llamadas "civiles" -dramáticamente inciviles-, cuartelazos, motines, revoluciones carapé y demoliciones institucionales guasú. Ahí está el asunto. Pero a pesar de tanto agobio ha sido y es posible señalar que el país ha logrado responder, en términos de creación, a su propio ritmo interno.

Ha contado también el Paraguay con aportes intelectuales de significación entre los que se destacan los de origen español: Rafael Barrett, Viriato Díaz-Pérez, el Rev. P. César Alonso de las Heras y alguien no mencionado: don Fernando Oca del Valle. Con ellos se retoma la línea y la tradición de los maestros krausistas que iluminaron la cultura paraguaya entre 1870 y 1900.

Todo eso, más la reivindicación del romanticismo, el novecentismo y el modernismo en su verdadero tiempo de nacimiento, y añadiendo a esto la curiosidad o el interés manifestados por el auge de manifestaciones creacionistas, futuristas o de vanguardia venidas de fuera, acrecienta la validez de las páginas de este Breve diccionario, disuelve antiguas presunciones de "incógnita" -emitidas por ignorancia, más que por mala fe- y contribuye a cimentar la soberanía anunciada por Gondra.

(Isla Valle de Areguá, octubre de 1994) raúl amaral

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